toque de cornetas, repiques de campanas y armonías del órgano, muestran que la preocupación fundamental de la Iglesia fue por la civilización y la moralización de la tropa. El caso del bautismo público del recluta indígena, al que se le cristianizó a la par que se le despojó de su nombre autóctono y de su identidad étnica, muestra que de lo que se trató fue de tomar una pública distancia respecto a la propia barbarie para luego arremeter contra la que, de acuerdo a los capellanes, era propia de los adversarios. Esto sin embargo se complejiza cuando se observa que existen regimientos con nombres araucanos. No solamente ello, sus caciques serán también celebrados por su indómito valor. El 31 de marzo de 1879 El Estandarte Católico comunicaba a sus lectores que el cura boliviano de Antofagasta y su sacristán «semi analfabeto» habían abandonado su iglesia. A partir de ese momento Marchant Pereira y Fontecilla asumieron el control de esa parroquia y de la de Caracoles, mientras que José Nicolás Correa hizo lo propio con la de Calama. En una de las «Cartas de un Recluta», correspondencia que desde el frente de batalla empezó a llegar regularmente a las oficinas de redacción de El Estandarte Católico y que provenía de la pluma de Marchant, su autor se refirió al estado de atraso y de la corrupción que se vivía en Caracoles. La inmoralidad reinante y el abandono de los intereses religiosos habían convertido a esa ciudad en un baluarte del mismo Satanás. Lo licencioso de Caracoles tenía que ver con el fraude, la intriga, la violencia, la borrachera y el libertinaje, propios de una región fronteriza que tal como «la antigua California» vivió por muchos años «sin Dios ni ley». Así, los caracolinos se la pasaban entre «chinganeo y borrachera», rindiendo culto a «San Lunes»453. El corresponsal se congratulaba, sin embargo, de cómo la llegada del ejército chileno y de sus capellanes había propiciado una obra reparadora de civilización capaz de remediar todos los males causados por la «venal» administración boliviana. Si aquella tendencia continuaba, proseguía el relato, en poco tiempo Caracoles podría figurar con honra entre los pueblos republicanos de Chile454. La cruzada moralizadora, promovida desde las páginas de la prensa clerical santiaguina, llegó al territorio ocupado de la mano de los capellanes. Era sorprendente, continuaba la nota de El Estandarte Católico, cómo la toma militar del puerto boliviano había colaborado en incrementar el movimiento religioso de la ciudad. La iglesia antes desierta se encontraba desde la llegada de los vicarios castrenses chilenos «atestada de gente»455. En otro suelto, aparecido el 5 de mayo, el diario reproducía 207
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