Estandarte Católico aparecieron, de manera regular, los servicios fúnebres de los oficiales y soldados que dejaron sus vidas camino al norte. Ese fue el caso del modesto servicio fúnebre oficiado por el capellán Ruperto Marchant Pereira en honor del subteniente del regimiento Buin 1º de Línea, José Amador Díaz. Un improvisado altar «enlutado convenientemente» fue arreglado en la misma carpa en la que falleció Díaz. A la misa de cuerpo presente oficiada por el capellán asistieron los comandantes y oficiales del Buin, quienes después de concluido el servicio religioso acompañaron el carro donde se había colocado el cuerpo del difunto oficial para su último viaje al cementerio de Antofagasta. Ahí luego del responso de Marchant, un amigo del fallecido puso en relieve sus grandes cualidades, entre ellas el sentido del deber que caracterizó al joven oficial. La «guadaña terrible de la muerte» no permitió que Díaz siguiera combatiendo por la patria; sin embargo, opinaba su amigo, luego de su muerte el oficial podría convertirse en un intercesor del ejército, rogando al Altísimo por que prosiguieran las victorias de Chile tanto en mar como en tierra. Ello era posible debido a que la causa nacional era «santa y justa»451. La dirección de los capellanes estuvo a cargo de Florencio Fontecilla, un impetuoso joven de veinticinco años que fue de los primeros en ofrecer sus servicios para trabajar en el litoral recientemente reivindicado por Chile. El obispado asignó trescientos pesos para que Fontecilla y Marchant, su segundo en comando, adquirieran lo que consideraran como artículos indispensables para la larga campaña que debían emprender con los expedicionarios. Si bien es cierto que los vicarios castrenses renunciaron a la renta estatal que se les asignó, la cual se equiparaba con el sueldo de un capitán del ejército, quedaba claro para la autoridad eclesiástica que el gobierno era responsable de la alimentación y el hospedaje de los sacerdotes y que estos debían llevar consigo los objetos de culto que consideraran necesarios para su misión religiosa452. La comisión eclesiástica de la que dimos cuenta previamente se encargó de cubrir los otros gastos en los que pudiesen incurrir los vicarios castrenses. En los primeros meses del conflicto la Iglesia envió entre ocho y diez capellanes a la zona de guerra con el encargo de que prepararan, mediante ejercicios espirituales e instrucción religiosa, a los miles de soldados que regularmente empezaron a partir hacia el frente de batalla. El espectacular bautizo en Caracoles de uno de los soldados del Segundo de Línea, el araucano Levivlan, que transcurrió en medio de redobles de tambores, 206
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