Guerreros civilizadores

el mismo capellán cuando señaló que desde el día de su Primera Comunión los niños cambiaron notablemente su conducta. Se volvieron ágiles para el trabajo, sumisos y obedientes para las órdenes de sus jefes y dispuestos a sobrellevar con gusto todas las privaciones de la campaña448. En pocas palabras el ritual católico promocionado por Cruzat con el beneplácito de Montt ejerció un efecto transformador no solo en las almas sino en los cuerpos de los pequeños grumetes. V. LOS SOLDADOS DE CRISTO Capellanes como Pedro Nolasco Astaburuaga, Eduardo Benavides, Servando Briceño Tocornal, José Nicolás Correa, Enrique Christie, Carlos Cruzat, Salvador Donoso, Eduardo Fabres, Florencio Fontecilla, Carlos Infante, José María de Madariaga, Ruperto Marchant Pereira, Camilo Ortúzar, José Ramón Saavedra, Simón Sanmartí, Javier Valdés, Pablo Valliere, entre otros, fueron los encargados de asistir a los soldados en el frente de batalla449. El obispo Salas describió a esta agrupación sacerdotal como los ángeles del consuelo, hombres de Dios que se olvidaron de sí mismos para enjugar lágrimas, calmar dolores, reanimar esperanzas casi perdidas y abrir las puertas de la inmortalidad a los combatientes (Salas, 1880, p. 116). Debido a la catolicidad de los soldados chilenos era imprescindible, opinaba Rodolfo Vergara, contar en el litoral norte con un contingente de «ministros del Dios de las batallas». Antes de enfrentar al enemigo el combatiente debía purificar su alma y tener cerca a alguien que recogiese, en caso de muerte, su último suspiro. El soldado que marchaba a la guerra conociendo que moriría en los brazos de la religión era capaz de remontar el miedo, porque su recompensa era la vida eterna450. Dado que no había en 1879 un vicariato castrense canónicamente organizado, el vicario capitular de Santiago, Larraín Gandarillas, pidió facultades a la Santa Sede —que le fueron concedidas— y se nombraron los primeros capellanes que acompañaron a las tropas en su expedición al norte. La tarea de los capellanes del ejército fue claramente definida por Larraín tanto en su comunicación con el intendente general del ejército y la armada, Francisco Echaurren Huidobro, como en las notas cursadas con el ministro de Guerra, Basilio Urrutia. En ese sentido, el primer deber de los «soldados de Cristo» fue el servicio religioso del ejército y de la armada, y el segundo el velar por los enfermos y heridos en combate, además de administrar la extremaunción a los fallecidos. En la sección exequias de El 205

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