Guerreros civilizadores

providencial446. En Quillota, las exequias en la iglesia matriz estuvieron a cargo de Carlos Cruzat. En Rancagua, el «ornamento fúnebre» de la iglesia en la que se celebraron las exequias constaba de muchos fusiles, espadas, carabinas, banderas enlutadas, dos cañones, un buquecito, una corneta y un tambor. Todo lo anterior estaba convenientemente decorado con coronas de hiedra unidas con cintas tricolor y por los retratos de Prat, Serrano y Riquelme. En Talca su párroco Fernando Blaitt señaló a la concurrencia que lo escuchaba que solo en dos ocasiones «el Árbitro Supremo de la Vida» permitía al hombre hacer uso de su existencia. La primera tenía que ver con la defensa de la fe y la segunda con la de la «patria idolatrada», que demandaba a los chilenos supremos sacrificios447. Los rituales religiosos jugaron un papel fundamental durante la Guerra del Pacífico. Con ello la Iglesia intentó convertirse en la más importante generadora de ideología patriótico-religiosa, haciendo gala de los instrumentos de alivio espiritual y de disciplinamiento social con los que contaba. Un ejemplo final de esta gran preocupación y de las múltiples e imaginativas maneras como fue abordado el tema, proviene de la narrativa de Carlos Cruzat, capellán de la nave de guerra O’Higgins. En su interesante crónica, el capellán naval narró el combate de Pisagua, en el que participó suministrando ayuda espiritual a los combatientes y auxilio material a los heridos y moribundos. Los ritos funerarios en la proa del O’Higgins luego de la toma de Pisagua, que fueron sucedidos por una misa de réquiem y tres misas más en honor al día de los difuntos, junto con la infinidad de confesiones y comuniones que ocurrieron a bordo de la nave y en tierra, muestran la manera como se vivió la catolicidad en un pequeño barco de la escuadra chilena. Prosiguiendo con esa tendencia misional, Cruzat decidió instruir, durante la cuaresma de 1880, a ocho grumetes (de entre siete a trece años) para la Primera Comunión. Con la autorización del comandante Jorge Montt, el capellán preparó durante varios días a los candidatos. El 20 de febrero se escucharon las confesiones de los niños y se organizó una solemne fiesta que tuvo lugar al día siguiente. La cámara de los comandantes, en donde se dispuso de un informal altar adornado con plantas y algunas velas, fue destinada para la ceremonia. Los niños ahí arrodillados esperaron el encuentro con Cristo. Cruzat era de la idea de que a una ceremonia de esa naturaleza le correspondía toda la majestad y la importancia que pudiera dársele. Lo que buscaba en realidad era grabar el recuerdo de ese momento en lo más íntimo de las almas de toda la tripulación. Las consecuencias del ritual sagrado fueron evidenciadas por 204

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