Guerreros civilizadores

naves chilenas y un par de hachones encendidos que daban al catafalco un aspecto verdaderamente «fantástico»443. Las exequias de Prat en Valparaíso y en Santiago evidenciaron el inmenso legado conceptual y material con el que contaba el clero chileno. Una combinación de decoración, música y oratoria se propuso capturar la mente y el corazón de las miles de personas que desde muy temprano se agolparon en las puertas de la iglesia del Espíritu Santo para rendir tributo a los héroes nacionales. En la oración fúnebre que con ese propósito pronunció Salvador Donoso, este señaló que lo importante no era relevar la muerte de los tripulantes de la Esmeralda sino la presencia de esa hija del cielo llamada inmortalidad, cubriéndolos con sus alas abiertas. La hora aciaga del dolor era ya parte del pasado porque los marinos chilenos, como los antiguos Macabeos, se rieron de la muerte y la vencieron armados tan solo de su heroísmo supremo. Heridos, mutilados, bárbaramente destrozados, casi expirantes, sintiendo correr en sus venas las últimas gotas de sangre, los doscientos héroes de la legendaria nave lanzaron gritos de alegría y en medio de una larga agonía entonaron el «himno postrero de un heroísmo eterno». Un acto de semejante valor solo podía lograrse, de acuerdo a Donoso, con el apoyo de la caridad y de la fe cristiana. El cura creía que Prat y sus subalternos vivían, desde el 21 de mayo de 1879, en un mundo mejor. Sin embargo, el hecho de que sus cuerpos de arcilla sufrieran el acoso del plomo enemigo fue decisivo para la expiación del pueblo chileno444. Al igual que lo ocurrido en Valparaíso, el ritual funerario de Santiago, al que acudieron doce mil personas, fue un espectáculo dirigido a exaltar las emociones y a excitar los sentidos. El catafalco, sobre el que descansaba la casaca, el gorro y la espada de Prat, estaba cubierto de un manto negro con lágrimas y franjas de oro. Al frente se aglomeraban trofeos militares, entre los que destacaban cañones y fusiles pertenecientes a la Esmeralda que sucumbió en Iquique y que llevó Lord Cochrane al Callao en el año 1820. El ambiente militarizado de la Iglesia fue suavizado por la música sacra de Fasso, por el incienso cuyas volutas se elevaban en el aire y por la oratoria de Esteban Muñoz Donoso445. Cada provincia de Chile homenajeó a Prat. En Concepción, el Te Deum y la misa de honras fúnebres, cantada por el obispo Salas, fueron celebrados en la capilla del monasterio de la ciudad. El sermón de Salas recordó que la causa defendida por Chile era «justa y santa» y era por ello que la victoria en Iquique debía ser entendida como un acto 203

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