Guerreros civilizadores

Ramón Ángel Jara La organización de exequias en honor a los caídos en el campo de batalla fue otra de las actividades en las que la Iglesia chilena destacó frente a sus competidores políticos. Su dominio de una serie de rituales y de conceptos tendientes a dotar de sentido no solo a la muerte sino al tránsito hacia la vida eterna otorgó al clero una notable visibilidad. Una de las exequias más espectaculares fue, sin lugar a dudas, la de Arturo Prat, a quien Vicuña Mackenna consideró un semidiós y Balmaceda «el primer guerrero de la república (Vial Correa, 1995, pp. 246, 262)441. Es importante subrayar, como bien sostiene William Sater, que el capitán de la Esmeralda fue elegido como héroe patrio no tanto por su actuación pragmática a bordo de su nave sino por el significado y trascendencia de su sacrificio personal. Fue su inmolación, su «locura de valor», su «delirio del heroísmo» lo que convirtió a Prat en un «santo secular» entre sus compatriotas442. A las honras fúnebres en honor a Prat oficiadas en la iglesia La Merced de la ciudad de Melipilla asistieron los miembros de la corporación municipal, el cuerpo de oficiales del batallón cívico, todos los vecinos y notables de la ciudad y el pueblo. La ceremonia, organizada por el padre Chesi, fue un despliegue de arte funerario. En la cúspide del templo fue exhibido un cajón mortuorio con el uniforme del marino muerto en Iquique, y más abajo, en medio de dos ramos de laureles cruzados, se leían carteles con frases como «En paz descansen», «La patria agradecida a Arturo Prat» y «Los religiosos de la Merced y la Venerable Orden Tercera, Melipilla a los héroes de la Esmeralda y Covadonga». Crespones, cordones, velas perfectamente arregladas, pabellones de armas cornetas, cajas de guerra, hachas de abordaje, sables y espadas fueron emblemáticamente colocados por los curas encargados de administrar un ritual patriótico-religioso en el cual no faltaron las réplicas de las dos 202

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