la persistencia de un modelo, tanto católico como republicano, que tenía por principal objetivo la moralización de lo femenino438. El discurso civilizador que sirvió de soporte al nacionalismo católico estuvo estrechamente asociado a la celebración de la virilidad chilena. Ya desde las páginas de El guerrero cristiano el obispo Salas había mencionado el hecho de que su obra pretendía convertirse en «un foco de luz y de varoniles inspiraciones» para todos los participantes de la guerra (Salas, 1880, p. 5). En el «Canto a la victoria», un poema compuesto y publicado a raíz de la toma de la capital peruana (Mc Evoy, 2000; Muñoz Donoso, 1882), y que fue entonado a viva voz en la multitudinaria recepción que se les hizo en Santiago a los expedicionarios439, el sacerdote Muñoz Donoso definió algunos elementos de género presentes en la interpretación que el clero católico dio a la guerra. Dentro de ese contexto Lima fue definida como lo femenino degradado, avasallado por la masculinidad de los vencedores. El comportamiento voluptuoso y falso de una ciudad «malvada» y traicionera era diametralmente opuesto a aquel otro exhibido por las «vírgenes» y los «ángeles del hogar» que recolectaban hilas a lo largo y ancho de Chile. Esta contraposición de imágenes colaboró en definir mejor el modelo de comportamiento femenino auspiciado por el clero chileno. Lo anterior se hizo sumamente notorio en el discurso pronunciado por Ramón Ángel Jara con ocasión del regreso de los expedicionarios a Santiago. En su notable pieza de oratoria religiosa el cura definió a Lima como una ciudad decadente. En la potente imagen proyectada por la retórica de Jara, Lima fue descrita como una mujer cargada de cadenas que marchaba semidesnuda y «uncida» al carro triunfal de Chile. Al mismo tiempo que cubría su desnudez con los jirones de la bandera del Perú, Lima besaba la espada de los generales chilenos implorando, como «las esclavas de Grecia», por su perdón440. 201
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