de una maquinaria capaz de cumplir sus designios en una frontera llena de oportunidades, para las provincias en armas la guerra cívica significó su reposicionamiento simbólico dentro de una gesta que tuvo mucho de refundación republicana. El análisis del núcleo del Estado guerrero que operó en La Moneda me ayudó a entender que en el mismo período en que las provincias recreaban un pasado glorioso y reclamaban por derechos cercenados, lo que estaba ocurriendo, en realidad, era una profunda y radical transformación política entre los seguidores de Lastarria. La transición del republicanismo clásico a un liberalismo pragmático y desideologizado se dio al mismo tiempo que la expansión territorial le permitió al gobierno liberal resolver, al menos temporalmente, los dilemas de una nación sometida a los vaivenes del capitalismo internacional. Es dentro de un esquema interpretativo que ve a la Guerra del Pacífico como una disputa por recursos pero también como la consolidación de un Estado en jaque, que la ocupación de Lima y los departamentos de la costa peruana adquiere su verdadera dimensión. El desdoblamiento del Estado chileno le ofreció a Domingo Santa-María y a las vanguardias políticomilitares que comandaba la posibilidad inédita de contar con un campo de experimentación en verdad notable. En efecto, el largo proceso de negociación diplomática y de lucha armada que desembocó en la firma del Tratado de Ancón tensionó al Estado chileno obligándolo no solo a implementar una serie de prácticas burocráticas muy novedosas sino que empujó a sus vanguardias a una suerte de regresión. En breve, a la rearcaización de las prácticas estatales por una asociación abierta con otras, la guerra de recursos de los caudillos peruanos, en teoría ya superadas. Cuando la larga y extenuante ocupación del Perú llegó a su fin, la maquinaria estatal, que obviamente había mutado en un engranaje de guerra, se dirigió a combatir al enemigo interno que fue el indio de la Araucanía. Este otro «bárbaro» obstruía, como en su momento ocurrió con bolivianos y peruanos, la consolidación del modelo civilizador fronterizo. La guerra civilizadora se volvió, de esa manera, una práctica permanente del Estado chileno. Es probable que la militarización de una sociedad que salió de una guerra externa para volcarse en otra interna, que incluyó a ese mismo clero que en su momento legitimó al Estado guerrero, fuese la causa de la fractura de esa precaria unidad ligada a la victoria militar y la expansión territorial obtenida en 1884. Así, la trilogía patriótica se desbarató con la guerra civil de 1891, cuyo antecedente es la Guerra del Pacífico. Esta, más que ser el final de un ciclo glorioso en Chile, marca el 20
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