Guerreros civilizadores

María, de acuerdo al cura Rodolfo Vergara, era reconocida como la insignia del guerrero cristiano, del cruzado en su lucha con el infiel. Los marineros y militares de los pueblos católicos se habían colocado bajo su protección, al igual que lo hicieron Serrano y muchos de los comandantes de la escuadra, porque ella asistía «con la fuerza del cielo» a los combatientes que la invocaban en la hora de peligro. Recordaba Vergara que durante la batalla de Lepanto, en la que los turcos contaban con una flota formidable, los cristianos clamaron al cielo por el patrocinio mariano. Más aún, el Pontífice San Pío V hizo grabar la imagen de María en la bandera que flotaba en el palo mayor de las galeras cristianas y, confiados en una protección ardientemente invocada, la flota esperó el ataque de la armada otomana a la que finalmente derrotó432. Esa fue, probablemente la poderosa imagen que guardaba en su memoria el capellán del ejército José María Madariaga, a quien Vicuña Mackenna apodó con el sobrenombre de «Pedro el Ermitaño», cuando en su recorrido por el campo de batalla de Dolores en compañía del general Erasmo Escala erigió el estandarte de la Virgen del Carmen y al grito de «¡Viva la Patrona del Ejército! ¡Viva Nuestra Señora del Carmen!» arengó a los soldados del ejército expedicionario para intensificar el combate contra los enemigos (Marchant Pereira, 1959, p. 23). El vigor de este tipo de relatos, que circularon de manera oral y escrita entre los millares de chilenos que tanto desde el frente doméstico como del de batalla asumieron el formidable reto de una guerra internacional, permite explicar el hecho de que entre ocho y diez mil santiaguinos acudieran diariamente a la novena en honor de la virgen del Carmen, que los talquinos rodearan su efigie con trofeos militares, que su imagen fuera paseada por las calles de Antofagasta, que luego del combate de Angamos la bandera peruana fuera depositada a sus pies y de que una de las poesías de Bernardino Guajardo, cuyas copias eran vendidas con relativo éxito en el Mercado Central de Santiago, expresara la absoluta certeza de que Santa Rosa de Lima caería finalmente derrotada por la poderosa patrona de las armas de Chile433. Además de ser funcional a la causa militar, el culto mariano también colaboró en la tarea de definir el modelo de mujer virtuosa que el clero chileno intentó imponer. El paradigma de la madre cristiana patrocinado por la Iglesia guardó un aire de familia con el de la «maternidad republicana», en donde el perfil del futuro ciudadano estaba asociado a un puñado de virtudes que —como la modestia, la sencillez y el decoro— debían ser aprendidas en la esfera doméstica434. La importancia otorgada a 199

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