Guerreros civilizadores

dinero y objetos para el frente interno. Teniendo como base el doble objetivo propuesto en la pastoral de Larraín Gandarillas, el clero dio también importancia al bienestar espiritual y moral del combatiente. Sobre ese tema, justamente, trató la misiva que el cura Vicente de las Casas envió al Intendente de Chillán, Francisco Pinto, indicándole el uso que debía dar la autoridad política a los ochenta pesos recolectados en la alcancía de la iglesia matriz de la provincia. De las Casas solicitaba que de la cantidad recabada se destinase cincuenta pesos al soldado del batallón Chillán que más se distinguiese por su disciplina y moralidad en el campamento y también por su valor en la acción militar424. La contribución de la Iglesia a la causa de la guerra fue en ideología, especies y también en ceremonias y rituales, como fue el caso de las procesiones. Por la simbología patriótica que exhibió y por ser funcional a las necesidades de un clero cuyo permanente objetivo fue expandir su mensaje pastoral a la esfera pública, la procesión se convirtió en uno de los rituales urbanos más populares en los tiempos de la guerra. La procesión que tuvo lugar entre las calles de Teatinos y Compañía el 6 de junio de 1879, con motivo de Corpus Christi, ilumina la manera cómo la tradición católica logró fusionarse con alegorías militares en su intento de ocupar los espacios públicos, para reforzar la noción, defendida en los púlpitos de las iglesias, de que «el Dios de los ejércitos» había tomado partido por la causa de Chile. En el marco de un itinerario previamente establecido por el párroco de Santa Ana, coordinador del evento, la procesión del Corpus se detuvo en los siete altares donde el Santísimo Sacramento fue temporalmente depositado. Entre los altares destacaba «el torreón de la guerra» y unos pasos más allá dos elevadas columnas defendidas por cañones que humeaban nubes de incienso. En una lujosa tienda de campaña formada de lana y plata, que sirvió como recordatorio de aquellas tantas otras desperdigadas en el teatro de la guerra, se colocó al «Dios de los ejércitos», a cuyos pies se acomodaron las armas de combate. Sobre los torreones y sobre la simbólica tienda de campaña flotaban banderas nacionales que ostentaban la cruz en la cima de sus astas. El sonido de las detonaciones militares junto con los cantos sagrados proveyó el marco perfecto para cada una de las siete estaciones recorridas por el Santísimo Sacramento. En el marco de un ambiente excepcional en el cual se entremezclaban el fervor religioso y el bélico, uno de los testigos de la ceremonia se felicitó de ser partícipe de una celebración religiosa en la que «Dios, árbitro augusto y supremo de las naciones» era cobijado bajo el 196

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx