Guerreros civilizadores

desde extracto de valeriana hasta un estuche completo para amputaciones, pasando por 322 colchones de maíz, dependió en buena medida de aquella organización parroquial que se había venido afinando como consecuencia de las reformas de Valdivieso. De la importancia de la organización parroquial para los propósitos de la Iglesia dio cuenta Rodolfo Vergara en su editorial «Las necesidades de la guerra». Ahí el sacerdote subrayó la responsabilidad de los curas de las diversas parroquias y demás sacerdotes residentes en las provincias, quienes moviendo cada cual las influencias disponibles cumplieron la de misión estimular la generosidad y largueza de sus feligreses421. A través de la lectura de la circular enviada por el obispo de Ancud, Francisco de Paula del Solar, a todos los clérigos bajo su mando, es posible aproximarnos a la importancia que tuvo la parroquia para la buena marcha del frente interno. En su misiva el obispo ordenó el nombramiento de una comisión, similar en estructura a la creada en Santiago, encargada de colectar fondos y darle una acertada inversión. Indicaba, asimismo, que en todas las parroquias de la diócesis los párrocos debían trabajar por sí mismos o en comisiones con el objetivo de promover la generosidad de la feligresía. Estas órdenes debían hacerse efectivas en Ancud, Valdivia y Llanquihue422. Los aportes de las parroquias chilenas a la causa bélica aparecieron de manera regular en El Estandarte Católico. En su número del 16 de junio de 1879 el periódico dio cuenta de la extraordinaria labor de Francisco Bello, párroco de Santa Rosa de los Andes, quien destacaba en la lista de donativos con una contribución de 660 pesos, frente a los modestos veinticinco pesos de su par de Melipilla. En una carta de Bello al periódico el cura rindió homenaje a la labor de la selecta y respetable comisión de señoras que, influenciadas por su sacerdocio, hicieron todo género de sacrificios con el objeto de acopiar limosnas para el sostenimientos de los hospitales de sangre y otras obras de caridad que su arquidiócesis recomendó al «noble pueblo de los Andes». En la carta de agradecimiento, firmada por el prebendado Miguel Rafael Prado a nombre de la comisión eclesiástica, se señalaba que la «gruesa suma» colectada en Los Andes era una prueba no solo de la caridad y patriotismo que caracterizaba a ese pueblo, sino del cariño que lo ligaba a su pastor. Era por ello que en nombre de «la Religión y la Patria» los miembros de la comisión aceptaban la limosna de Bello y su feligresía, asegurándoles que Dios los recompensaría con abundantes bendiciones423. Pero, como se ha indicado, la labor de las parroquias no se circunscribió tan solo a la recolección de 195

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx