En la comunicación de Joaquín Larraín Gandarillas, fechada el 14 de abril de 1879, el obispo señaló que era un deber de todo buen ciudadano colaborar materialmente con la patria amenazada. Entre las necesidades de la guerra que ocuparon la atención de la Iglesia estuvo la atención espiritual de los marinos y soldados pero también la temporal de los enfermos y heridos. A fin de reunir recursos tanto para el servicio de los capellanes como para el de las ambulancias, Larraín nombró una serie de comisiones, la principal de las cuales era la comisión directora a cargo del provicario capitular de Santiago Ramón Astorga. Las otras comisiones — de recursos pecuniarios, del servicio religioso para el ejército y la armada, del servicio médico de los enfermos, de provisiones para alimentación de los enfermos— debían coordinar con Astorga, cuya comisión era determinar la inversión de lo recolectado por la Iglesia tanto en dinero como en especies. La circular del arzobispado estipuló también que los tesoreros, depositarios y todos los que recibieran o entregasen cualquier tipo de valores debían llevar y rendir cuenta documentada de su administración419. El 14 de agosto una nueva comunicación de Larraín avisaba sobre la disolución de la comisión anterior y el nombramiento de una nueva, compuesta por el prebendado Miguel Rafael Prado, como su presidente, y por los presbíteros Estanislao Olea (tesorero) y Francisco S. Chavarría y José Antonio Aldunate, quienes serían los depositarios de los objetos que se reuniesen. Esta comisión tenía, asimismo, la tarea de seguir preparando nuevas remesas de ropa, útiles y alimentos para los hospitales, atendiendo, a su vez, los gastos que demandaba el servicio religioso del ejército y la armada. Con la finalidad de publicitar la contribución material de la Iglesia a la causa bélica, El Estandarte Católico reprodujo la lista completa de los donativos recolectados entre abril y julio de 1879. A propósito de ese espectacular aporte, que incluyó un contingente de capellanes liderados por Florencio Fontecilla, el intendente general dio las gracias en nombre del gobierno al vicario capitular de Santiago, señalándole que el país nunca olvidaría que en los días de prueba fueron los sacerdotes los más eficientes colaboradores en la salvaguarda de los derechos y del honor de Chile420. El aporte de la Iglesia, proveniente de una colecta nacional realizada en cada parroquia chilena, culminó con la entrega a Echaurren de medicinas para la botica del hospital de sangre, instrumentos y útiles de cirugía, camas, ropas y otros objetos, además de tres mil pesos en efectivo para sus gastos de instalación. La llegada a Valparaíso de cincuenta bultos que contenían 194
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