Guerreros civilizadores

El reavivamiento de la vieja discusión en torno a la validez de la oración pública, junto con el despliegue de una gran variedad de rituales católicos e incluso la adaptación del santoral a las necesidades de la guerra, fueron los elementos fundamentales en la creación de un vigoroso frente interno, compuesto por un sector de la sociedad civil mayoritariamente clerical y femenino cuya labor fue dotar al conflicto trinacional de un contenido religioso412. La Circular a los monasterios de la república, enviada por el Arzobispado de Santiago luego del combate de Angamos, tuvo como propósito solicitar a los curas y monjas bajo su administración que hicieran en común una oración diaria para que Dios le concediera, como ocurrió en Lepanto, el triunfo a Chile413. Un ejemplo muy iluminador, a nivel personal, es el provisto por Clorinda López. En su rogativa a la Virgen del Carmen, la esposa de José Ramón Lira, miembro del batallón Bulnes, prometió encenderle una vela todos los miércoles, rezarle una novena en su «honra y gloria», darle una limosna a los pobres, recibir dos comuniones por el descanso de las benditas almas del purgatorio y rezar, cuando pudiese, el rosario. A cambio de ello, ella suplicaba que «la Santísima Virgen cubriera con su manto a su esposo para que no le sucediera nada en la guerra (González, 1982, p. 24). Los ecos de la prédica de la Iglesia llegaron, como veremos mas adelante, a los campamentos militares. Una manera de comprobar el impacto que tuvo el discurso religioso en el frente externo es a través de la lectura de los diarios de los soldados. Hipólito Gutiérrez, un aldeano de Colton, subdelegación de Bulnes, mostró, por ejemplo, una profunda creencia en Dios y en la Virgen del Carmen. Las fórmulas estereotipadas de su narrativa («permitió Dios y nuestra señora del Carmen del que nada nos sucedió») podrían apuntar al tema aún no estudiado de la manera cómo los expedicionarios asimilaron el discurso instituido en las misiones establecidas por la Iglesia en Antofagasta. En las ceremonias que ahí ocurrieron el punto climático fue el reparto de escapularios a la tropa que partía rumbo al teatro de operaciones. «Mientras ceñimos nuestro cuello con el escapulario, talismán divino», observaba un artículo de El Mensajero del Pueblo dirigido a los soldados, «los tigres y los leones del infierno» eran impotentes para causar la ruina. Sin embargo, privados de la protección del escapulario era inevitable que las bestias se arrojasen sobre ellos para devorar su inocencia414. Hipólito Gutiérrez estuvo absolutamente convencido de que la intervención divina fue decisiva a lo largo de las innumerables batallas en las que participó. La 192

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