conciencia y desempeñando el honroso cargo de ministro de la justicia de Dios, era necesario que sacrificasen su propia voluntad ante la del jefe superior. La recompensa para ese accionar era ni más ni menos que la vida eterna. La oración pública, una de las poderosas tradiciones católicas amenazada por el embate liberal, irrumpió con renovados bríos mediante las rogativas, misas, bendición de estandartes, honras fúnebres y procesiones. Todos estos rituales se convirtieron en prácticas cotidianas de características multitudinarias no solo en Santiago sino en las provincias. Uno de los rituales más espectaculares presenciados por los santiaguinos fue, sin lugar a dudas, la procesión ordenada por el obispo de Martyrópolis con motivo de las victorias sobre el Perú. En el acto religioso, ocurrido en agosto de 1881, participaron los alumnos de la Casa de Talleres de San Vicente de Paul, los de Patrocinio de San José, los del Colegio San Ignacio, el Asilo de la Patria, el Colegio de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, la Cofradía de Nuestra Señora del Carmen, la Esclavona del Santísimo Sacramento de la Iglesia Metropolitana, la Sociedad San Luis Gonzaga, la Conferencia San Vicente de Paul, además de otras organizaciones religiosas de la capital. El anda de la Virgen del Carmen, resguardada por los alumnos del Colegio de los Sagrados Corazones y por algunos representantes del ejército, fue precedida en el acto por las corporaciones seculares. Seguidamente desfilaron los religiosos del Inmaculado Corazón de María, los Capuchinos, los Ermitaños de San Agustín y de la Orden de los Predicadores, del Santísimo Redentor, los sacerdotes de la Misión, los padres de la Compañía de Jesús, los religiosos de Nuestra Señora de la Merced y los Menores Observantes acompañados por los seminaristas de los Santos Ángeles Custodios. Los representantes de las parroquias del Sagrario, San Isidro, de la Estampa, de la Asunción, Santa Ana, San Lázaro y San Saturnino ocuparon un lugar central dentro la liturgia, así como también fue el caso de los capellanes Florencio Fontecilla, Camilo Ortúzar, Carlos Cruzat, Eduardo Benavides y Eduardo Fabres. Cada comunidad y cofradía exhibió su respectivo estandarte y cada parroquia la cruz que la representaba. La imponente procesión, que tuvo como acompañamiento de fondo el tañido de las campanas de la Catedral, concluyó en ella, en donde luego de rezarse con fervor el rosario con las letanías lauretanas y de escuchar el canto del Te Deum Laudamus seguido del himno Pangue Lingua, la concurrencia recibió la bendición de manos de Larraín Gandarillas411. 191
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx