Guerreros civilizadores

entenderse la santificación de la despedida de las tropas, que de manera regular empezaron a partir hacia el teatro de la guerra409. La fiesta patriótico-religiosa acontecida en San Bernardo el 16 de mayo de 1879 y que sirvió de marco ritual para decir adiós al batallón Chacabuco fue descrita con lujo de detalles en varios periódicos capitalinos y provincianos. A las tres de la tarde, anotaba uno de ellos, entre las armonías de la música y el fragor de las campanas echadas al vuelo, el batallón Chacabuco salió a la plaza, donde hizo con diversas evoluciones un simulacro de combate, ejercicios de guerrilla y cargas a la bayoneta. Concluida la parada militar, los seiscientos hombres del Chacabuco se dirigieron a la iglesia a escuchar misa y a recibir sus escapularios de la Virgen del Carmen, convencidos en «la resolución heroica de morir o vencer» por la patria410. La alocución religioso-patriótica pronunciada por el presbítero Ramón Ángel Jara, uno de los oradores en la novena de la Metropolitana, sirvió para que los seiscientos hombres listos para embarcarse al norte recordaran que había sonado para ellos la hora del supremo sacrificio. Jara recomendaba a los soldados arrodillados frente al altar que tuvieran presente la inmolación de O’Higgins, los Carrera y Rodríguez y que se acordaran del Roble, de Chacabuco y de Maipú. En el momento del combate era necesario que invocaran al Dios de los ejércitos y a María la reina de las armas chilenas, y luego de ello lanzarse «como leones sobre los pérfidos enemigos». El cura los exhortaba a romper las filas enemigas, sembrar la muerte entre los rivales, pisotear sus manchados estandartes y luego de haber logrado la victoria abrir sus brazos a los contendores, recordando que tanto los peruanos como los bolivianos eran también sus hermanos. Porque los soldados del ejército de Chile debían dar ejemplo de nobleza y caridad, de acuerdo al modelo generoso del guerrero cristiano. El presbítero les auguraba infinidad de victorias, aunque también les prevenía de que la muerte podía estar esperándolos al final de la jornada. Si ello ocurría con honor, la patria «eternizaría en el bronce sus nombres» y la iglesia levantaría en sus templos un altar regado «con lágrimas de gratitud». Lo importante para Jara era mantener el coraje y la fe en Dios y por ello aludía a la importancia de la oración. El rezo del rosario fue, les recordaba, una costumbre que O’Higgins cumplió devotamente a la cabeza de su tropa. Si los del Chacabuco eran capaces de proseguir con la tradición del culto mariano, jurando ser virtuosos y abnegados, la Virgen se convertiría en el escudo protector del batallón. Debido a que el guerrero cristiano iba al combate obedeciendo a su 190

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