Guerreros civilizadores

son colocadas en manos de los que se enfrentan a la muerte o, mejor dicho, de aquellos que inevitablemente se dirigen a su encuentro (Berger, 1969, p. 51). Los conceptos de la eternidad, de la ciudadanía celestial y del heroísmo cristiano, manejados diestramente por el clero chileno, fueron poderosas armas de persuasión en la difícil tarea de convencer a miles de soldados de que debían olvidarse de sus seres queridos y morir por un abstracto llamado «patria y religión». El desprecio por la muerte que estaba asociado con la fe cristiana fue percibido como un antídoto contra el miedo, esa «siniestra potencia» que, de acuerdo al párroco de Los Andes, Francisco Bello, consumía en un instante al más arrogante de los ejércitos. Bello, quien fue el orador principal en las exequias fúnebres celebradas el 11 de agosto de 1880 por los caídos en Iquique, Pisagua, Angamos, Tacna y Arica, pronunció su oración fúnebre en una catedral en la que todo, desde los cañones arrancados al enemigo hasta la cruz que recordaba «el sacrificio del Calvario», sirvió para mostrar la simbólica asociación entre patria y religión. La vida eterna de los héroes, la fe y la abnegación del soldado cristiano y lo bendito de una religión que enseñaba al guerrero la santa disciplina del valor se convirtieron en las piezas claves de un discurso dirigido a audiencias penosamente acostumbradas a la pérdida de los suyos en territorio extranjero. El recuerdo emotivo que hizo el cura Bello de esa «pléyade de abnegados jóvenes» que «en la edad de oro de una lozana juventud» se rieron de la muerte, despreciando los halagos de la fortuna, los encantos del hogar y las dulces relaciones de la amistad, guardaba estrecha relación, según el sacerdote, con la acción de la Divina Providencia en la historia de Chile. Porque Dios la hizo una nación grande y robusta y a sus hijos una compacta legión de guerreros. Esos «guerreros cristianos y fervorosos» habían sido intrépidos en escalar el campamento enemigo, destrozar trincheras erizadas de cañones y clavar en lo más empinado de las fortalezas el pabellón nacional. Pero ello no era todo, los valientes que no lograron sobrevivir a los sangrientos combates y cayeron «tronchados por la inexorable guadaña de la muerte» no maldijeron su suerte como los «guerreros del paganismo», ni clamaron venganza contra el enemigo «como los iracundos lacedemonios», sino que su última mirada fue «a la estrella refulgente del Carmelo» y su final suspiro a los nombres de Jesús y María408. En un contexto en el que el coraje y la moral del soldado eran parte de una demanda no solo religiosa sino esencialmente militar, es que puede 189

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