llamaban equivocadamente tumba —recordó Donoso en otra de sus intervenciones— era simplemente «el cielo sagrado», pleno de recompensas para el guerrero valiente. De que el más allá existía, y de que en verdad era un lugar maravilloso donde la Virgen María esperaba por los soldados muertos en combate, dio cuenta la inquietante historia narrada por el párroco de la iglesia del Espíritu Santo de Valparaíso ante los miles de hombres y mujeres que lo escuchaban. En la noche aciaga de Tacna y en medio de los clamores de decenas de soldados agonizantes se oyó una voz dulce y afinada cantando una melodía. Era —refería el cura Donoso— la plegaria de un miliciano delirando y próximo a fallecer por la pérdida de sangre y el hambre que lo agobiaba. «¿Sabéis —preguntó Donoso a sus fieles— cuál era el himno de ese cisne que partía a un mundo mejor? El guerrero cristiano cantaba una estrofa celestial a la Virgen, pidiéndole en su “éxtasis desfalleciente” que lo acogiera «en el día feliz de su gloriosa muerte» (Mc Evoy, 2010, p. 70). La oratoria sagrada subrayó dos puntos fundamentales con respecto a la muerte en combate. Uno era la recompensa al sacrificio personal mediante un bien intangible que era la inmortalidad. «Si caéis en el puesto de honor —les prometió Jara a los soldados del Chacabuco—, la patria eternizará en el bronce vuestro nombre y la Iglesia levantará en sus templos un altar que regaremos con lágrimas de gratitud, y donde se ofrecerá la víctima divina por vuestro eterno descanso». La muerte con entereza y abnegación, por otro lado, daba acceso a una ciudadanía que, por ejercitarse en el plano celestial, permitía el goce de «la suprema libertad». Este reconocimiento se derivaba del valeroso acto de poner a prueba todas las capacidades humanas en el campo de batalla, pues solo mediante el heroísmo liberador es que el hombre mostraba su majestad y su poder en la lucha «contra su propia miseria». Otro aspecto fundamental frente a la muerte que publicitó la oratoria sagrada fue el heroísmo cristiano. Se trataba de un modelo inspirado, aprendido y perfeccionado —recordó Francisco Bello— en «la escuela del Mártir del Calvario». El heroísmo transfiguraba al hombre, su materia se transformaba en ropaje de luz para palpar así la imagen y semejanza de Dios. Apelar a formas de compensación simbólica con la finalidad de combatir el miedo no es, por supuesto, una peculiaridad de la retórica con la cual el clero chileno validó su presencia ideológica en un escenario de guerra407. Toda sociedad humana es al fin un grupo de hombres y mujeres reunidos de cara a la muerte. El poder de la religión, como bien sabemos, se relaciona con la credibilidad de las banderas que 188
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