Guerreros civilizadores

Ministerio de Guerra a su hijo de diecisiete años. Robusto, fuerte y ansioso de medirse con los enemigos de Chile, su único vástago iba a la guerra con la consigna de dar días de gloria a su tierra o morir como valiente en su defensa405. Esto último fue lo que le ocurrió a Tobías Morales, quien en vísperas de caer abatido en Tarapacá le escribió a su progenitora para comunicarle que deseaba morir por su patria, «su segunda madre». «Tocan marcha en este momento para seguir adelante, no puedo escribirte más, adiós querida mamá, adiós queridas hermanas, hasta la eternidad, por si me toca la felicidad de morir al pie del tricolor chileno», fueron las últimas palabras que Josefa Vergara recibió de su hijo. En el homenaje que le tributó Talca, su lugar de nacimiento, se recordó que bajo aquella modesta casaca de subteniente se ocultaba el alma de un «Leónidas» chileno. La sangre de Morales había regado las arenas del desierto, sus restos mutilados se habían quedado en el campo de honor, pero su recuerdo, como el fuego fatuo de las tumbas, alumbraría la llama imperecedera de la gloria, al mismo tiempo que su espíritu ocuparía un lugar en los espacios infinitos de la inmortalidad. La familia de Morales debía consolarse, por lo tanto, con la idea de que su deudo había sido liberado de la triste condición humana para elevarse a la eternidad406. Lo más grato a los ojos de Dios era la resignación de una madre desolada o una esposa anegada en llanto por la separación del hijo o del esposo. Estas mujeres sufrientes —opinó uno de los oradores sagrados ante una iglesia abarrotada de ellas— debían ofrecer al Todopoderoso su propio dolor, sus justas lágrimas, no solo por la salvación de los seres queridos sino también por el triunfo de la patria. Por disponer de un bien en demanda en situaciones de catástrofe nacional, como lo era la vida eterna, una de las metas de la Iglesia fue hegemonizar el «mercado del consuelo». Los soldados en combate, lo mismo que sus familiares, recibieron mediante sermones, pastorales y artículos periodísticos una serie de mensajes subliminales sobre la muerte. Estos permitieron, al menos en teoría, superar el trauma de fallecer en tierra extraña. Para revertir este temor existía una eternidad, que esperaba por todos aquellos que dormían tranquilos la víspera del combate y al lucir la aurora del día en que iban a morir reían y cantaban como los mártires de la antigua Roma al subir las ensangrentadas arenas del circo. El propósito del clero fue quebrar el pensamiento lógico y racional en torno al trance final. La muerte no era en realidad la muerte, sino —como lo recordó en su momento Francisco Bello— «el principio de la vida». Lo que los humanos 187

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