vería transformado en alegría por la memoria de sus proezas, porque, al igual que los héroes cristianos, los macabeos chilenos habían expiado con su sacrificio las faltas cometidas por sus conciudadanos. De esa manera, el sacrificio de Prat y de sus compañeros no hizo más que corroborar que la muerte era la «suprema resistencia de las almas invencibles». Los soldados cristianos debían caminar hacia la muerte fijando la mirada en el templo de la gloria, que era sin lugar a dudas la mayor recompensa para sus sacrificios. «Vedlo en acción, en el momento más solemne de su vida», propuso como tarea a sus fieles Vicente de las Casas, párroco de Chillán, quien en uno de sus sermones discutió el tema del heroísmo del soldado católico chileno. Con semblante pálido de emoción, el oído atento a la primera voz de mando, la mirada centelleante y fija en su querido pabellón, el guerrero cristiano daba el encuentro a su destino con «la faz inundada de majestuosa serenidad». Guiada por una causa que más que humana era divina, la milicia nacional miraba cara a cara a la muerte, marchando compacta y en falange «bajo un diluvio de balas». Un comportamiento de esta naturaleza —opinaba Las Casas— solo podía entenderse a partir de un hecho muy concreto: la Providencia divina, que obviamente favorecía a Chile, se cernía «majestuosa e imponente en la hora del combate por sobre el silbar incesante de las balas, el atronador estampido del cañón, el agudo clarín de bélicas canciones» y decretaba, por designio soberano, quién recibiría, de acuerdo con sus dotes morales, las coronas del triunfo (Mc Evoy, 2010). Mientras que sus hijos caminaban tranquilos a enfrentar un destino inexorable, las madres cristianas —subrayó Muñoz Donoso en uno de sus sermones— debían ser varoniles y acallar la voz del sentimiento. El potencial combatiente no debía ser detenido en su hogar por amor y menos por un temor mal entendido. Para evitarlo estaba el ejemplo de las madres espartanas, quienes se hicieron superiores a la naturaleza por amor a su patria. «¿Qué no podréis hacer vosotras madres cristianas para quienes el patriotismo es una virtud heroica ante Dios y los hombres?», preguntó el editorialista de El Estandarte Católico ante una multitud de mujeres congregadas en la catedral de Santiago. En un contexto en el que la tarea del soldado era sacrificar su vida por Dios y por la patria mientras su familia debía resignarse ante tamaña decisión es posible entender la carta que Clorinda Caldera envió a El Constituyente de Copiapó. La religión del deber —señaló en su misiva— ordenaba sacrificar en el «altar de la patria» lo más «caro al corazón»: por esa razón, Caldera puso a disposición del 186
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