Guerreros civilizadores

la religión», del también orador y además editorialista del Estandarte Católico Rodolfo Vergara. Para Vergara el heroísmo era una virtud «antes que cívica, cristiana, y tocaba a la religión el honor de haberlo engendrado a la luz de sus inspiraciones». Los héroes que la patria celebraba provenían de la tradición cristiana. Los caídos en Iquique eran, de acuerdo a Vergara, católicos, y al marchar al puesto del peligro supieron buscar en el regazo de la fe la fuerza divina que necesitaban para servir digna y generosamente a Chile. Si el heroísmo consistía en el desprecio de la muerte, ese desprecio solo podía provenir de la idea de que la muerte era el paso necesario a una vida eterna llena de recompensas para los mártires del deber a la patria. El obispo Salas, quien era consciente de que la derrota del miedo era crucial para la victoria sobre el enemigo, se encargó de recordar en su libro El guerrero cristiano que pocos corazones estaban dispuestos para las grandes y heroicas virtudes como los de los soldados cristianos. Estos elevaban sus ojos al cielo para invocar a Dios y luego se lanzaban «sobre las huestes enemigas como el rugiente león sobre su presa» (Salas, 1880). Los oradores y publicistas católicos elaboraron una serie de argumentos capaces de dotar de sentido a la muerte de los esposos, los padres y los hijos que dejaban sus hogares y sus familias para irse a pelear al frente de batalla. Salvador Donoso fue uno de los sacerdotes que abordó con admirable destreza el tema de la muerte, relacionándolo con un fin supuestamente superior. Dado que la recompensa del soldado cristiano era la eternidad, el tránsito hacia la muerte debía ser enfrentado con resignación y entereza. A lo largo de sus sermones, el párroco de Valparaíso fue creando un clima cultural que le permitió racionalizar ante grandes audiencias el sacrificio de miles de vidas humanas. Tanto en su oración en honor a Prat como en la pronunciada para conmemorar las batallas de Tacna y Arica y en su sermón en Lima luego de San Juan y Miraflores, Salvador Donoso —al igual que Esteban Muñoz Donoso y Francisco Bello— utilizó su poderosa retórica para explicar el concepto de inmortalidad: si esta cubría «con sus alas de fuego a los defensores de Chile» era porque Cristo había vencido a la muerte y, desde ese momento, la humanidad, «postrada en el polvo de vieja y profunda degradación», podía acceder a la vida eterna. Los mártires chilenos del 21 de mayo eran, de acuerdo con el orador, los símbolos de una «intrepidez cristiana» nunca antes vista en los anales de la historia. Donoso estaba convencido de que el profundo dolor de las madres, esposas e hijos de los caídos en combate se 185

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