Guerreros civilizadores

amplia difusión en el frente de batalla y que incluso alcanzó a ser reproducido en la prensa de Chiloé, su autor —un anónimo combatiente, según sabemos— declaraba que su lucha no tenía más sentido que llevar la luz del progreso a un pueblo yaciente entre las sombras de su «propia miseria», cuya ablución correría por cuenta del sagrado «humo de la pólvora», improvisado antídoto para la «contagiosa lepra» que lo afectaba. El Perú, esa «mansión habitada por la muerte», aquel territorio ocupado «por un cadáver macerado», sería finalmente desinfectado con la «humareda salvadora» de la artillería chilena400. La justificación de la guerra a nivel nacional fue el preámbulo para una demanda compulsiva de dinero y de vidas humanas que dadas las circunstancias de precariedad económica y militar por las que atravesaba Chile, era de necesidad extrema. La patria necesitaba del «concurso activo y eficaz de todos los chilenos» y, dentro de ese contexto, la guerra era un momento de prueba en el que todo «ciudadano capaz» debía tomar las armas y ocupar el puesto que se le asignaba, y salvo los cobardes o los traidores nadie podía excusarse, según el obispo de Ancud, de prestar sus servicios con denuedo y perseverancia401. La guerra era justa y santa, aseguraba uno de los editoriales de El Mensajero de Pueblo, porque era santo el amor a la patria y santo el acto de defenderla contra los que pretendían abatirla. La convocatoria era, en consecuencia, a todos los que podían empuñar las armas e ir al campo de batalla. El artículo además señalaba que eran necesarias las oraciones del pueblo al Dios de las batallas, quien debía decidir finalmente de quién sería el triunfo: si del «noble pueblo» chileno, honrado y laborioso, o de sus enemigos venales y holgazanes, que malgastaron toda su fortuna de una manera miserable. Porque los enemigos de Chile, al igual que los de Israel, eran los pueblos ociosos y corrompidos que no soportaban la preeminencia de «pueblos civilizados y cristianos» como era el caso del chileno402. Con ocasión del combate de Iquique, la Iglesia reafirmó su excepcional posición de administradora de poderosos símbolos, imágenes y rituales. Con la asistencia de los miembros del Congreso Nacional, la municipalidad, todas las compañías de bomberos, los cuerpos de tropas y las más importantes corporaciones de la ciudad, doce mil santiaguinos se reunieron el 10 de junio de 1879 en la catedral de Santiago para honrar la memoria de los caídos en el combate naval en el que entregó su vida Arturo Prat. El modelo capitalino para honrar a los fallecidos en Iquique fue reproducido a lo largo y ancho del país403. El resaltar «la belleza del 183

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