Guerreros civilizadores

competidora, la doctrina del realismo estratégico (modelada por Hobbes y Maquiavelo), aquella percibe a los seres humanos como criaturas desgarradas en medio de relaciones basadas en el amor y la generosidad, por un lado, y la crueldad y el egoísmo, por el otro. Esto quiere decir que las motivaciones humanas siempre se entremezclan, afirmando y destruyendo, por ello, posibilidades solidarias. Otro componente de la tradición es el jus in bello (o ley de la guerra), asociado a cuestiones meramente prácticas que surgen como consecuencia de la dinámica interna de cualquier conflicto bélico, entre ellas el daño a los civiles (inmunidad al no combatiente), temas humanitarios y las armas utilizadas en la guerra396. El término «guerra justa» se presta a confusiones, ya que sugiere, como ocurrió en el caso de la justificación provista por clero chileno, que en algún momento de la historia existió o podría existir un conflicto en el cual una de las partes es considerada como moralmente perfecta. El concepto de «guerra justa» parte históricamente de esa discutible premisa, en la que muchos de sus defensores han vislumbrado incluso analogías con combates celestiales en los cuales se enfrentan las fuerzas de la luz contra las de la oscuridad397. Chile tenía una misión que cumplir, la de castigar tanto a peruanos como a bolivianos. Para confirmar la evidente justicia de la causa nacional solo bastaba recordar que Bolivia había quebrantado «un tratado solemne», faltando a «su palabra de nación soberana» y que el Perú, sin pretexto alguno, se había coaligado contra Chile sosteniendo «ocultos tratados», enviando armas a Bolivia, al mismo tiempo que «con sus pérfidas palabras» ofrecía un arbitraje de paz. Todo ello a pesar de que «Chile liberó al Perú, lo enseñó a pronunciar la dulce palabra de libertad» y lo instruyó en la manera como sostenerla. Si bien resultaba obvio que los peruanos parecían haber olvidado los múltiples actos de generosidad exhibidos por la nación chilena hacia ellos había «un Dios en el cielo» que no olvidaba esas cosas, tanto para enaltecerlas como para castigarlas. Porque no eran, sostenía Donoso, «los pecados del individuo sino principalmente los de la sociedad y de los gobiernos» los que se oponían a esa justicia que elevaba a las naciones, y que no era otra cosa más que el respeto al derecho internacional, la probidad política, la moralidad y honradez de los hombres públicos y el acatamiento a la religión y la justicia. Afortunadamente Chile poseía «esa justicia en un grado muy superior al de sus dos enemigos», ya que estos estaban oprimidos por ese pecado que conducía a las naciones a la miseria398. 181

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