había sentido la voz divina que le decía «levántate y camina hacia el Perú». La primera fue para probar «su fraternidad cristiana», la segunda para desbaratar «los planes ambiciosos de un terrible caudillo» y la tercera para dar cuenta de que «la ira de Dios» había caído sobre esa nación pecadora393. «Por fin la mano de Dios tendió irritada y tremenda sobre la cabeza tan ligera como orgullosa de la nación peruana. Todo cuanto dijimos desde la primera hora se ha cumplido al pie de la letra», coincidió con Casanova el editorialista de El Mercurio a escasos días de la victoria final en Lima. «¿Qué poder —se preguntaba el periodista— tuvo la bendición del ejército peruano por parte de su vicario castrense?» Era evidente que ninguno. Ello a pesar de que los peruanos celebraron una serie de rituales, como fue el caso de la conmemoración de la batalla de Ayacucho, en que solicitaron la ayuda pública del Dios de las batallas «para aniquilar hasta el último de los bárbaros invasores»394. Observando los resultados concretos era obvio que la divinidad tenía un favorito y que este sería beneficiado por el alto nivel moral de su población. La «teoría de la guerra justa» es el término que surge en el mundo occidental para justificar la violencia y para establecer los límites a los que se podía llegar en un conflicto armado. Teniendo como base un puñado de conceptos que son esgrimidos para construir una excusa lo suficientemente sólida como para ir a pelear, la teoría formulada por Agustín intentó dar respuesta a un dilema moral fundamental, ¿es justificable que los cristianos participen en una guerra? La solución a este problema reconoció una forma de guerra ajena a la visión clásica de la legislación romana y totalmente desconocida para la Roma secular, esto es una guerra en la cual la voluntad de Dios era capaz de manifestarse y en la que la misma divinidad aprestaba a su pueblo para acudir a las batallas395. El «retorno de lo reprimido» que la teoría tácitamente posibilitó fue la respuesta que el cristianismo dio a las invasiones bárbaras que culminaron con el saqueo de Roma en el año 410. La noción jus ad bellum (el derecho a declarar una guerra) está estrechamente relacionada con las ideas de una causa justa, de una autoridad y una intención adecuada; con el concepto de que la guerra no hace, proporcionalmente, más daño que bien y que el conflicto es el único medio para alcanzar la paz. La legitimación de un tipo específico de guerra permite, bajo condiciones previamente definidas, la participación cristiana en una forma particular de violencia. La idea de que la ética y la política son esferas inseparables del accionar humano es fundamental para entender la teoría de la guerra justa. Porque a diferencia de su gran 180
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