inmoralidad, la pastoral del obispo Salas subrayó que existían guerras buenas que en esencia servían para perfeccionar a las naciones. Aquellas podían ser reconocidas de inmediato debido a que sus causas servían «para sostener los santos fueros del derecho y de la justicia y para conservar incólumes las santas leyes del honor y de la dignidad de los pueblos». Las naciones que emprendían las «guerras viciosas» o también llamadas «guerras de maldición» recibían heridas mortales en su poder y en su carácter. Un castigo feroz que, de acuerdo al obispo de Concepción, Chile nunca recibiría. En la explicación de la guerra, sustentada en Agustín pero también en las ideas de Joseph de Maistre, Salas explicó ante sus diocesanos la noción cristiana de la guerra justa. Dentro de ese contexto, la «mano vengadora del Señor» era la que finalmente imprimía «el padrón de ignominia en las frentes culpables por la violación de la fe prometida en los pactos, o por el engaño y la perfidia en las relaciones sociales». Afortunadamente la nación chilena estaba exenta de ese tipo de castigos, ya que ella no se hallaba «manchada con el oprobio de estos atentados contra el derecho de gentes». En pocas palabras la guerra emprendida por Chile contra Bolivia y Perú en 1879 era, ante los ojos de Dios y de Salas, buena, moral y justa. El obispo de Ancud Francisco de Paula del Solar opinaba que la guerra era una de las mayores desgracias de la humanidad. En la interpretación teológica ella era «un azote» con que Dios amenazaba a los pueblos por sus debilidades». El cristianismo recomendaba la paz; sin embargo, también permitía la guerra defensiva que era la única «justa y legítima». En esa línea argumentativa, el sacerdote rememoró a sus feligreses cómo el jefe supremo de la nación judía reglamentó las guerras justas que Israel debió sostener con sus enemigos, depurándolas de las atrocidades que cometían, hasta ese momento, las naciones bárbaras. A través de su pastoral el obispo aseguró a la comunidad ancuditana que la guerra que Chile declaró a los gobiernos de Bolivia y Perú estaba enumerada entre aquellas permitidas por el cristianismo. Observaba, por otro lado, que no era necesario extenderse en dicho punto debido a que el gobierno había brindado las explicaciones del caso que merecieron el aplauso del país y la tranquilidad de las potencias extranjeras392. Como un acto de castigo contra el Perú definió Mariano Casanova a la Guerra del Pacífico. Esta fue presentada ante sus fieles como un evento en el cual Dios había usado a Chile como instrumento de sus altísimos designios. El prelado recordaba que tres veces la república sudamericana 179
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