con una enorme curiosidad por averiguar la lógica de un proceso mediante el cual Eurípides fue peruanizado. De mi primer acercamiento a las fuentes documentales chilenas surgieron un par de artículos. En uno de ellos comprobé que la feminización de «Lima bacante» no era el producto de una mente afiebrada por la victoria sino que dicho producto cultural era un elemento constitutivo de ese nacionalismo belicista que se irá potenciando a partir de 1879. El segundo artículo, cuyo tema fue el funeral de Estado de Bernardo O’Higgins, me permitió analizar un momento clave en la construcción del nacionalismo chileno; un tópico que por esa fecha aún no despertaba suficiente interés entre mis colegas historiadores. La Guerra del Pacífico, desde la perspectiva de la construcción del Estado chileno pero también de la forja del nacionalismo que le sirve de sustento ideológico, se convirtió en mi tema de investigación. En el año 2002 una beca de la Fundación John Simon Guggenheim me permitió pasar una temporada en Santiago. Ahí investigué por casi seis meses los aspectos políticos, sociales y culturales de la guerra de 1879. La tarea era bastante complicada. Existían innumerables trabajos sobre la diplomacia, la participación del ejército e incluso sobre el rol de los grupos económicos que luchaban por hacerse del control de las salitreras pero poco era lo que se conocía sobre el frente interno de la Guerra del Pacífico. El espacio de la sociedad civil donde la cultura, la memoria y la forja de identidades se imbrican de manera sutil no había despertado el interés de los historiadores. Una gratísima sorpresa me aguardaba, sin embargo, en el Archivo Nacional. En este importante repositorio documental pude revisar el archivo personal de Benjamín Vicuña Mackenna, sin lugar a dudas uno de los coleccionistas más importantes de documentos de la Guerra del Pacífico. Inmersa durante varios meses entre las miles de cartas y los innumerables recortes de periódicos y folletos —Sergio Villalobos me anticipó que me sorprendería con su contenido— pude ingresar de lleno al territorio de esa guerra que me interesaba visitar. Mientras leía la correspondencia que Manuel Baeza le envió a su madre antes de morir peleando en Pucará o revisaba el pequeño cuaderno cuadriculado de un médico peruano que terminó en las manos del comandante Toledo, luego de la batalla de Tacna, empecé a calibrar la dimensión de mi tarea. Como peruana estaba reviviendo la guerra en la que mi país, junto con Bolivia, fue derrotado. Como especialista en historia de Latinoamérica mi misión era reconstruir la lógica de un Estado guerrero y de una nación en armas. 18
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