sudamericano y que los expedicionarios son un ejemplo de orden y de disciplina. Utilizando el viejo argumento que en algún momento esgrimió Isidoro Errázuriz, Villalobos justifica la posesión de territorio boliviano y peruano utilizando la idea del trabajo de los obreros chilenos, quienes con su sudor regaron el suelo que más adelante fue incorporado por el ejército expedicionario. Porque ni Bolivia —un país dueño de una «historia trágica y pintoresca»— o Perú —con un pasado «nutrido de vejámenes y crueldades sin límite con la propia población»— podían oponerse a esa república virtuosa que Villalobos (2004) imagina en su relato. La trilogía gloriosa, que aparece en la primera configuración histórica de la guerra, revive una vez más en la pluma del Premio Nacional de Historia. Así, la guerra de independencia del Perú que, como muy bien lo ha demostrado Ana María Stuven (2011), sirvió para que Bernardo O’Higgins se liberase del ejército rioplatense, es vista como un gesto de generosidad suprema por parte de Chile. Y la de la Confederación, en la cual el conocimiento exacto que los generales peruanos tenían sobre la propia geografía fue clave para ganar batallas decisivas como la de Yungay, es percibida como la liberación del Perú de las garras de un hombre «vanidoso y ambicioso», como se describe al general boliviano Andrés de Santa Cruz. Incluso la Guerra del Pacífico, que fue peleada por los recursos que Chile necesitaba para salir de la crisis económica que lo agobiaba, es presentada como una justa entre buenos y malos por el honor mancillado de los primeros; y es que a pesar de los notables esfuerzos y de la gran cantidad de publicaciones que han aparecido recientemente sobre 1879 es su versión simple y dicotómica la que se sigue enseñando en las escuelas chilenas8. ¿Cuál es el aporte de este libro a la vieja discusión sobre la guerra que enfrentó a Chile contra la Alianza? ¿ En qué consiste este ejercicio de interpretación que se nutre de las discusiones previas pero que, también, intenta trascenderlas? Debo admitir que lo que me trajo a Santiago en el otoño de 1997 no está relacionado con las múltiples configuraciones historiográficas que, como he analizado previamente, le dieron sentido y justificación a la Guerra del Pacífico. Mi llegada a Chile tiene que ver más bien con la imagen que un cronista-soldado estampó en su diario de campaña. En el fascinante relato que nos dejó sobre su entrada a Lima, el expedicionario comparó a la antigua capital virreinal con una «bacante que se retorcía en medio de sus placeres». Cuando ingresé por vez primera a la Biblioteca Nacional tenía la imagen de la bacante limeña en la mente junto 17
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx