La guerra fue definida por Salas no solo como el arte «de talar y destruir», como «fuente de dolores, de lágrimas y de sangre» y como causa de «devastación y muerte» sino que por esos «inescrutables designios de la Providencia» aquella podía convertirse en una eficaz colaboradora de «la regeneración moral, política y social» de los pueblos. La guerra, de acuerdo a Salas, elevaba o abatía a las naciones, según fuera el grado de moralidad o corrupción en que se hallaban colocadas y por la guerra los pueblos abandonados al sensualismo de los goces materiales, y enervados por esta causa, despertaban de su sueño de muerte, se rejuvenecían y regeneraban, se hacían sobrios y frugales, económicos y abnegados. El supremo dominador de reinos y de reyes, de repúblicas y de príncipes, que en la lengua de la sagrada liturgia hería «para sanar» y perdonaba para conservar, se valía de la guerra «para corregir, curar y sanar a naciones y familias, a individuos y a gobiernos» (Mc Evoy, 2010, pp. 148-159). José Hipólito Salas La Guerra del Pacífico autorizó a la Iglesia a discutir la inmoralidad del mundo moderno, un problema que la afligía desde antiguo. Cabe recordar que en el sermón pronunciado por José Manuel Orrego con motivo de la conmemoración de la expulsión de los jesuitas el prebendado dio cuenta de los difíciles tiempos que le había tocado vivir a la Iglesia. La «impiedad más descarada y repugnante» era lo que caracterizaba los «tiempos modernos». Dentro de ese contexto, «tan grandes eran los extravíos y excesos» en los que se precipitaban los pueblos de la tierra que era necesaria una gran expiación. Orrego era un convencido de que las obras expiatorias servían para satisfacer a la justicia divina (Orrego, 1867, pp. 58). Enmarcada en una línea de pensamiento que percibió al conflicto armado entre Chile, Bolivia y el Perú como un antídoto contra la 178
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