cristiana con la finalidad de oponerla al «monstruo de la impiedad» que engañaba a los chilenos. Abrazar la fe cristiana colaboraría a que la iglesia tomara en sus manos «el timón» que conduciría a Chile «por el camino de la gloria»389. De las observaciones de importantes miembros del clero, cuyo aporte teórico y logístico a la empresa de la guerra analizaremos a continuación, se deduce que en el marco de un conflicto internacional la Iglesia intento fortalecer su acervo ideológico, el que junto a su infraestructura organizativa fue puesto a disposición de la sociedad y del Estado. La estrategia publicitaria utilizada por la iglesia desde mediados del siglo XIX en adelante, a la cual hacen referencia los trabajos de Patricio Bernedo y de Sol Serrano previamente citados, se convirtió en una plataforma desde donde se difundió una variante poco estudiada del nacionalismo chileno. Él mismo pudo florecer durante una etapa crucial para la Iglesia, no solo por la teoría y la praxis que la guerra le fuerza a desplegar sino porque todas sus energías fueron dirigidas para luchar, en simultáneo, contra un enemigo externo y otro interno. II. LA FUNDAMENTACIÓN TEÓRICA DE LA GUERRA SANTA Los primeros intentos de fundamentar la guerra con argumentos provenientes de la tradición cristiana aparecen en «La guerra en manos de Dios», el dramático discurso pronunciado por Muñoz Donoso en la novena decretada por Larraín Gandarillas en la Catedral Metropolitana. Ahí la guerra fue descrita como un «juicio divino», un acto tremendo en el que Dios engrandecía o elevaba a los pueblos de acuerdo a sus «virtudes o vicios sociales». Ante una audiencia multitudinaria, Muñoz Donoso describió al «Dios de los ejércitos» sentado en el «altísimo trono de su justicia eterna» desde donde escudriñaba la tierra, los mares, los cielos y los abismos. A sus pies yacían «tres monstruos» —la peste, el hambre y la guerra— aguardando la señal que los convertiría en «rayos» de la ira divina contra las naciones pecadoras390. En el discurso de clausura, pronunciado algunos días después, Jara expandió la interpretación cristiana de la guerra, articulada por notables representantes del clero chileno, al incorporar en la discusión la teoría agustiniana de la guerra justa. La aplicación de la guerra justa al caso de Chile fue analizada en detalle en la pastoral que el obispo de Concepción Hipólito Salas envió a sus fieles, y que circuló de «mano en mano» en los campamentos militares391. 177
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