Guerreros civilizadores

estupefacto ante las poderosas palabras que brotaron de los labios de sus pastores durante nueve días consecutivos. Ramón Ángel Jara, Salvador Muñoz Donoso y Rodolfo Vergara definieron a la guerra contra Bolivia y el Perú como justa y a la oración como un acto compulsivo que tenía como objetivo ganar el apoyo de Dios. Valiéndose de una serie de potentes imágenes tomadas de la Biblia, los sacerdotes se propusieron alertar a los fieles sobre el peligro que se cernía sobre Chile y de cómo la Iglesia y sus representantes tenían la fórmula para neutralizarlo. Los monstruos despedazando corazones, los «torrentes de sangre», los «rayos de venganza», los ríos de fuego tocando populosas ciudades para reducirlas a la miseria, los huracanes espantosos donde resonaban «los gritos del odio y el estertor de la agonía» junto con el uso reiterado de verbos como castigar, anonadar, pulverizar o despedazar debieron quedar impregnados en la mente de una población consternada por el súbito ingreso de Chile en una guerra de consecuencias imprevisibles388. Los temas que los jóvenes sacerdotes formados bajo la égida de Valdivieso y de Larraín Gandarillas abordaron en los sermones de la Metropolitana estuvieron asociados con la legitimación de un conflicto bélico de dimensión internacional. Sin embargo, si se analiza con detenimiento el contenido de los sermones se podrá verificar cómo dicha liturgia trascendió ampliamente los aspectos meramente coyunturales relacionados con la Guerra del Pacífico. La novena a la Virgen del Carmen de abril de 1879 fue un combate más de aquella extenuante guerra ideológica en la que la Iglesia chilena se embarcó desde mediados del siglo XIX en adelante. En ese sentido, Vergara utilizó el púlpito catedralicio para proseguir su denuncia contra el «negligente abandono de la oración pública» en Chile. La «invasión del ateísmo» había provocado que los gobernantes eliminaran la oración de «sus labios sellados por la indiferencia». En una defensa abierta a los fueros de la iglesia, los que no debían reducirse como lo deseaban los liberales tan solo al ámbito de lo privado, Vergara subrayó que sin la oración pública eran vanos los esfuerzos por salvar a la patria en peligro; Muñoz Donoso, por otro lado, estableció ese vínculo indisoluble entre patria y religión que las ideas secularizadoras intentaban destruir, y denunció al «terrible egoísmo» que reinaba entre la juventud chilena. Sin embargo, fue a Ramón Ángel Jara al que se le encomendó la misión de criticar, en su discurso de clausura, a una sociedad que debido a ideologías extremistas se alejaba día a día de la religión cristiana. Era por ello que momentos antes terminar la novena Jara brindó un especial tributo a la fe 176

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