Guerreros civilizadores

La Iglesia chilena contaba con buenos antecedentes en los menesteres bélicos y de ello dio cuenta un artículo publicado en El Estandarte Católico. En 1837, recordaba el artículo, la Iglesia no solo envió capellanes al Perú sino que se encargó de celebrar una «hermosa rogativa» en la que «locos de entusiasmo bélico» y «ebrios de religión y piedad», soldados, clero y pueblo se agolparon a los pies del apóstol Santiago para conseguir la protección del «Señor de los Ejércitos». Cuando en 1864 se produjo el conflicto con la antigua metrópoli, la Iglesia organizó una serie de ceremonias patriótico-religiosas a lo largo y ancho del país e incluso participó en el traslado a la Catedral de Santiago de la bandera española arrancada de los mástiles de la Covadonga386. En 1879 el evento que dio inicio al ritual patriótico-religioso fue la novena, decretada por Larraín Gandarillas, en la Iglesia Metropolitana entre el 13 y el 21 de abril de 1879. La ceremonia fue descrita como un acontecimiento multitudinario en el cual «una sola plegaria arrancada del fondo de las almas» se elevó «de los labios de ocho o diez mil personas reunidas cada día en la Catedral» directamente a Dios. Era imposible, proseguía la nota del diario clerical, que «tantos clamores suplicantes» no llegaran «al cielo» inclinando a favor de Chile «la protección divina»387. Los sermones que se pronunciaron en la novena, en los que la guerra fue sacralizada y sus contenidos definidos en términos religiosos, fueron publicados en un fascículo que se vendió entre los asistentes con la finalidad de solventar los gastos del ejército expedicionario (VV.AA., 1879, p. 3). Joaquín Larraín Gandarillas El auditorio conformado por las miles de personas agolpadas en la Catedral de Santiago apenas declarada la guerra al Perú debió quedar 175

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