disponer de un linaje y de una rica herencia cívico-católica fue puesto de manifiesto por el mismo Casanova en 1867, cuando evocó el gran aporte del mundo cristiano en favor del progreso. Era cuestión tan solo de consultar todas las ciencias, visitar todos los museos del antiguo mundo e interrogar a todos los pueblos para comprobar la inmensa deuda intelectual que tenía la humanidad con el cristianismo (Casanova, 1864, p. 47). En la repatriación a Chile de los restos de Bernardo O’Higgins y en los funerales de Estado que le sucedieron en enero de 1869, la Iglesia se encargó de manifestar públicamente el peso específico de la tradición cristiana y el rol que en la elaboración de los rituales patrióticos le correspondía al clero. En un rito de pasaje tan importante para la construcción de la memoria nacional chilena como fue el funeral del padre fundador de la república, la Iglesia jugó un papel estelar385. La oración fúnebre pronunciada por el presbítero Salvador Donoso, el mismo que se encargó de pronunciar el sermón en la ceremonia en honor a los caídos en Chorrillos y Miraflores, partió de una reflexión en torno al Libro III de Reyes, que comenzaba con la poderosa frase «Yo te escogí para que fueses el jefe de mi pueblo y te he dado un nombre grande como el nombre de los más grandes de la tierra». La lectura de ese versículo le permitió a Donoso ingresar al territorio cultural que muchos de los participantes en el acto religioso podían reconocer con facilidad: el de la excepcionalidad chilena. Donoso subrayó en su sermón que O’Higgins era un «hombre designado por Dios», que a la manera de David había luchado con denuedo para obtener la independencia de Chile. Debido a dicha conexión, la Divina Providencia lo acompañó constantemente, tanto en la adversidad como «en la cima del poder». A pesar de la infinidad de problemas por los que atravesó el Capitán General, él siempre mostró las características de generosidad, esfuerzo y constancia de un «héroe cristiano». Negar lo anterior, afirmaba Donoso, significaba avalar el predominio de la razón o la casualidad en las actividades humanas. Porque «sin Dios, sin Providencia, sin las lecciones llenas de bondad del catolicismo nada podía explicarse». Para Donoso, O’Higgins y Chile compartían un mismo destino. El pueblo de Chile, que ocupaba «una porción tan pequeña en el mapa del mundo, como una cinta estrecha perdida entre el mar, el desierto y los Andes», gozaba al igual que su héroe de las preferencias de la Providencia (Vicuña Mackenna, 1872, pp. 145-169). La exacerbación de la fe religiosa como sustento del nacionalismo reapareció con fuerza a pocos días de la declaratoria de guerra a Bolivia. 174
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