Guerreros civilizadores

estados republicanos. Lo original del caso chileno residió en que a diferencia de otros países en los que se pelearon verdaderas guerras civiles, las cuestiones religiosas se discutieron en debates verbales que aunque acalorados e intensos estuvieron marcados por una alta dosis de sofisticación ideológica en la cual la retórica cumplió una importante función380. El establecimiento de la libertad de cultos en 1865 no significó el final del debate público respecto al papel de la Iglesia católica en la cultura nacional; por el contrario, marcó el verdadero inicio de una intensa pugna cultural que tuvo uno de sus momentos estelares durante la Guerra del Pacífico (Collier, 1997a). Casanova no era un novato en la complicada tarea de defender a la Iglesia en su función de productora de cultura republicana381. En 1864, en medio del conflicto con España, el sacerdote puso de manifiesto el rol que el clero debía desempeñar en el marco de una guerra internacional. En el «sermón político-religioso» pronunciado en la iglesia San Agustín de Valparaíso con ocasión del 18 de setiembre, día nacional de Chile, Casanova abordó el tema del patriotismo y el de su estrecha asociación con la religión (Casanova, 1864). Para comprobar que «Dios y la patria» eran las «ideas dominantes» de todos los «libros sagrados» no había más que recordar, anotaba el cura, el entusiasmo a la vez «religioso y patriótico» mostrado por Abraham y Jacob al recibir de manos de Dios el regalo de la tierra prometida. Era por esa relación histórica entre patria y religión, tributaria de una milenaria tradición cristiana que descansaba en la convergencia armónica entre la esfera política y la esfera religiosa, que Casanova podía afirmar que el primer deber de todo ciudadano era «servir a Dios, cumpliendo sus divinos preceptos»382. Porque la comunidad de origen (es decir la nación) funcionaría mejor si Dios se encargaba de guiarla. En ese sentido, el liderazgo divino era un factor indispensable para el control de una república anarquizada por sus propios hijos. La «unión social» cimentada en la fe posibilitaría, de acuerdo a Casanova, que «de millones de hombres» surgiese «un hombre omnipotente, un hombre gigante, un hombre nación, capaz de domar las fuerzas del Océano y de civilizar a la misma barbarie» (Casanova, 1864, p. 15). 172

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