Guerreros civilizadores

cuando las tendencias librepensadoras adquirieron importancia social y política. La actitud anticlerical, que lentamente fue ganando adeptos, defendió la libertad de cultos, la tolerancia civil y religiosa y la laicidad del Estado y de sus instituciones. En ese contexto, el conflicto entre catolicismo y liberalismo y la lucha por los valores espirituales por los cuales se debía regir la sociedad se convirtieron, de acuerdo a Ricardo Krebs, en el problema central de la historia cultural chilena (Krebs y otros, 1981, pp. 17-28). El conflicto con el liberalismo, «un veneno que mataba el alma», adquirió connotaciones escatológicas y una dimensión universal. Dentro de ese contexto, la guerra que peleó la Iglesia chilena de 1840 en adelante fue contra «las fuerzas de Satanás» y por el alma de la nación. Los arzobispos y obispos fueron los generales de aquello que Rafael Valentín Valdivieso denominó como una empresa «brutal, pérfida e implacable». En 1873, La Revista Católica acotaba que las fuerzas anticristianas constituían una constante amenaza para la paz y era a la Iglesia a la cual correspondía pelear con ellas para, así, salvar a la sociedad de sus peligros375. La «gramática de la violencia»376 que surgió durante las decisivas décadas de 1850 y 1860, en las que el clero chileno sobrevivió a la defensiva, sirvió posteriormente como una suerte de capital acumulado en la coyuntura difícil de la Guerra del Pacífico. Partiendo de este supuesto no resulta entonces una coincidencia el hecho de que los temas que marcaron la vieja y violenta polémica contra el liberalismo a los que alude Krebs —Chile «país exclusivamente católico», la oración como el medio para profesar públicamente la fe, la participación de Dios en la historia humana, la unidad del Estado y la Iglesia, la justicia como privilegio de los píos, la educación religiosa y los periódicos como armas de guerra— reaparecieran en manos de la Iglesia en el contexto del enfrentamiento entre Chile, Bolivia y el Perú. La confrontación con el liberalismo no solo dejó una huella ideológica indeleble en la Iglesia que se reflejó en un lenguaje violento marcado por la intransigencia sino que determinó un cambio profundo en su estructura institucional, sin parangón en Sudamérica (Serrano & Jaksic, 2002). La organización que adquirió la Iglesia a partir de 1840 fue invalorable en un escenario de guerra internacional. La competencia con el estado liberal, en control de la esfera pública, forzó a la Iglesia, cuyos bienes confiscados le fueron devueltos en 1830, a realizar una serie de importantes transformaciones tendientes a la 170

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