ocultas, penetrando incluso hasta «el santuario del pensamiento y de las impresiones». Era por la enorme importancia que la educación católica prestaba al disciplinamiento social que ella no podía, como demandaban algunos, ser desterrada de los colegios. El Dios del hogar, el Dios de la escuela, el Dios de la sociedad, era el mismo, argumentaba el futuro obispo, que el Dios de los ejércitos y, en consecuencia, la divinidad invocada en los templos de la república era aquella ante la cual se arrodillaban sus valientes soldados y marinos. Los que combatían a la Iglesia intentando laicizar la educación partían de la falsa idea de que los nobles sentimientos y el amor a la patria que nutrieron el sacrificio de Prat no se desarrollaban a la sombra de la fe373. El gran reto para las vanguardias católicas, tanto en el frente doméstico como en el teatro de operaciones, fue demostrarle a sus detractores el poder indiscutible que, en el incierto escenario de un enfrentamiento internacional, tenían los símbolos, los rituales y la ideología cristiana. El rescate del legado cristiano para los tiempos de guerra proveyó a muchos de los publicistas católicos de una magnífica oportunidad para probar la fuerza moral de la nación chilena y la capacidad de respuesta de las entidades asociativas lideradas por la Iglesia. La religión, en palabras de Ireneo Moza, reunía todos los blasones para colaborar con la patria en peligro. En la conferencia titulada «Amor Patrio», pronunciada el 31 de mayo de 1879 en la Iglesia Metropolitana de Santiago, el cura capuchino recordó que la patria sin religión estaba condenada al fracaso. Moza — cuya conferencia publicada en El Estandarte Católico bajo la forma de un fascículo fue vendida a cinco centavos el ejemplar para solventar los gastos del regimiento del 4º de Línea— remarcó que «un ejército compuesto por individuos preparados a morir para obedecer a Dios» era invencible. El cura defendió al clero de los ataques de «los perversos ciudadanos», de aquellos «patriotas afeminados» que no comprendían que era imposible desafiar a la Iglesia en el campo cultural que ella dominaba (Moza, 1879). La Iglesia era difícilmente superada en la misión de «lanzar leones a la pelea en los campos de batalla» (Salas, 1880; Mc Evoy, 2010, p. 157), y menos en esa otra tarea igualmente valiosa que era abrir las puertas del cielo a los combatientes374. La religión católica fue la fuerza determinante del desarrollo de Chile y dominó sin contrapeso en las conciencias y en las costumbres. La aparición y difusión de nuevas corrientes intelectuales que empezaron a disputar al catolicismo su hegemonía ocurrió a partir de la década de 1840, 169
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