Guerreros civilizadores

con intereses en Tarapacá— se sintió amenazada por la nacionalización de las salitreras ordenadas por el gobierno de Manuel Pardo. Al mismo tiempo, una crisis de coyuntura sufrida entre 1875 y 1878, determinó que esa clase buscara en la guerra una salida a un problema de tipo estructural. Lo que no deja de sorprender a Vitale es el hecho de que la historiografía chilena nunca hubiese considerado la explicación económica y en su lugar siguiese atrapada en vaguedades, como lo era el tema de la traición a Chile por parte de razas inferiores (Vitale, 1967-1973). No es necesario ahondar en el hecho muy conocido de que la Guerra del Pacífico era el evento histórico más cercano al corazón y a la pluma del general Augusto Pinochet. Tampoco es posible olvidar que durante los años de la dictadura militar Chile celebró por todo lo alto el centenario de su victoria contra Bolivia y el Perú. De ese período de refundación histórica quedan innumerables fuentes primarias, reeditadas con fondos públicos, como el caso de la monumental obra de Pascual Ahumada, la Historia de la Guerra del Pacífico de Barros Arana, el Boletín de la Guerra del Pacífico y el Álbum de la gloria de Chile. Esta etapa de exaltación nacionalista en clave militar significa, también, una vuelta a las configuraciones de antaño y a los discursos que le sirvieron de soporte. Porque si bien es importante reconocer que la senda abierta por Vitale será continuada por Luis Ortega (1984) y de que con el correr de los años la guerra empezará a ser entendida en clave cultural —pienso en el magnífico trabajo de William Sater sobre Arturo Prat (2005) o en el de Julio Pinto sobre el nacionalismo pampino (1997)—, el conflicto desencadenado en 1879 no puede desligarse de su primera lectura, que es moralista y teleológica. Esto se nota claramente en el título de la serie televisiva Epopeya, exhibida en 20077, y en el trabajo del afamado historiador Sergio Villalobos, quien reproduce casi textualmente todos los argumentos esgrimidos por sus pares decimonónicos. Villalobos, cuyo modelo es el historiador Diego Barros Arana, es el representante más acabado de una historiografía guerrerista que aún responde a un conjunto de dicotomías que no pueden ser totalmente desbaratadas. Luego de subrayar la mediocridad de la historiografía peruana, Villalobos reelabora en su libro Chile y Perú: la historia que nos une y nos separa las polaridades por todos conocidas: que el soldado chileno es caballeroso frente al salvaje peruano, que Chile es un país estable y ordenado en comparación con la anarquía que reinó permanentemente en el Perú, que Baquedano es una suerte de Napoleón 16

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