Guerreros civilizadores

convertida en un arma fundamental en el proceso de construcción del Estado-nación, fue la forma más intensa de identidad de una población que, como la Europa del Oeste, vivió conmocionada por sucesivas guerras religiosas. El fanatismo religioso fue fundamental para atraer el apoyo popular necesario en el proceso de centralización de la autoridad estatal, lo que redundó en el fortalecimiento del nacionalismo emergente. El nacionalismo surgió cuando las masas fueron invitadas o se invitaron ellas mismas al escenario político. Pero esa invitación no provino de los libros ni de la escuela sino de conflictos sectarios que se ventilaron, de acuerdo a Marx, en los púlpitos de las iglesias. Las pasiones provenientes de la fe fueron la materia con la cual se construyeron las pasiones del Estado en la Europa Atlántica (Marx, 2003)372. En el caso específico de Chile no será una guerra religiosa interna sino, paradójicamente, una por recursos contra dos repúblicas cristianas lo que autorizó al clero a desplegar un poderío material y simbólico, en verdad excepcional. De esta manera la Iglesia chilena intentó hegemonizar una esfera pública codiciada por sus enemigos de siempre, los liberales. I. LOS ECOS DE UNA VIEJA DISPUTA El clero chileno vio en la Guerra del Pacífico una magnífica oportunidad para defender sus fueros, seriamente amenazados por el embate liberal. En el discurso que Fernando Blaitt pronunció en la Sociedad Católica de Ilustración de Talca, el que fuera sucesor de Hipólito Salas en la arquidiócesis de Concepción rememoró el glorioso combate de Iquique, donde la estrella de Chile despidió «una luz espléndida y luminosa» cuyos rayos se difundieron por todo el mundo. A pesar de que el sacerdote solicitó a la concurrencia jamás olvidar los nombres de Prat, Riquelme y Serrano, también les hizo presente que la razón del encuentro no era hablar específicamente sobre la guerra sino premiar a un grupo de modestos niños de pueblo, que educados en los «brazos de la religión y de la patria» podían ofrecer al igual que los héroes de Iquique su cuota de sangre por ella. La naturaleza del hombre —un ser religioso— obligaba a que se le imprimiera en su corazón las máximas eternas de la moral cristiana; era por ello que la única aspiración de la Sociedad Católica de Educación era formar a los niños chilenos a la sombra «de Dios, de la religión y de la patria». Opinaba Blaitt que la más atenta policía de una sociedad atea siempre sería ineficaz frente al «ojo divino» que miraba las acciones más 168

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