Guerreros civilizadores

Además de exponer las bases legales de la guerra, la comunidad eclesial debía rezar compulsivamente, dar muestras permanentes de moralidad y estar dispuesta a promover todo tipo de sacrificios personales, entre ellos la entrega de la propia vida y la de los seres queridos a un abstracto denominado «patria y religión». Esto, sin embargo, no aseguraba el apoyo de una divinidad que sometía constantemente a sus fieles a una serie de pruebas de resistencia física y mental. «Oh Dios omnipotente —clamaba Casanova—, la suerte de Chile está siempre en tus manos». Para lograr una estratégica alianza con el «Señor de los ejércitos», para ganar su voluntad, la república imaginada por la Iglesia debía convertirse en el brazo armado de la justicia divina. No obstante, la misión no quedaba muy clara para los delegados del poder celestial, porque cuando Dios «llamaba a un pueblo para que se levantara contra otro pueblo», el elegido no siempre conocía lo que su amo tenía en mente y mucho menos «los crímenes que debía de vengar»367. El riquísimo legado católico, que en caso de guerra externa ya había demostrado su fuerza durante el enfrentamiento contra la Confederación, como ha argumentado Gabriel Cid (2011, cap. IV), fue puesto a prueba en 1879 por las vanguardias religiosas que participaron en la Guerra del Pacífico. Conceptos como el de la guerra justa, la regeneración moral por el sufrimiento, el heroísmo virtuoso del guerrero cristiano, el culto mariano, el poder de la oración y la relevancia de la vida eterna, de innegable estirpe católica, sirvieron para dotar de sentido y de legitimidad a un conflicto internacional que exhibió, desde sus inicios, un complicado frente ideológico. De la articulación de un discurso bélico que contenía y exaltaba multitud de alegorías relacionadas con la esfera de lo sagrado dependió en parte la satisfacción de aquellas necesidades que resultaban funcionales a los objetivos del Estado chileno. Así, la obediencia, la disciplina, la fe ciega y el sacrificio, exigidos a esos miles de soldados que se envió a pelear y a morir en tierras lejanas, fueron algunos de los valores que, desde sus trincheras ideológicas, los productores culturales católicos reformularon y masivamente difundieron a lo largo de templos, plazas, periódicos, puertos de embarque y campamentos. La abnegación inspirada en la fe cristiana perfeccionaba, de acuerdo a Francisco Bello, la disciplina militar. El soldado debía obedecer sin saber a menudo dónde marchaba y entendiendo que caminaba «casi siempre mirando bajo sus pies el sepulcro» donde probablemente lo arrojarían «la metralla y la bayoneta del enemigo»368. Ese tránsito solo era posible si existía una profunda fe en 166

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