movilización de recursos provistos por la sociedad civil en beneficio de los combatientes y sus familias, permitirá que importantes representantes de la Iglesia defiendan una preeminencia cultural seriamente amenazada por otros actores políticos. Así, los sacerdotes chilenos que defendieron el patriotismo cristiano y predicaron a favor de la guerra contra Bolivia y Perú exhibieron ideales y preocupaciones que en términos políticos pueden caracterizarse como de eminentemente modernos. Sin embargo, el nacionalismo católico que emerge con fuerza en 1879 se nutrió de un conjunto de textos sagrados con el propósito de articular un puñado de metáforas morales que fueron de suma utilidad a la causa bélica. El uso de un medio moderno como la prensa para publicitar una construcción cultural tan fascinante como lo fue «el patriotismo cristiano» fomentado por la Iglesia chilena no debe distraernos de la explicación que el mismo clero brindó sobre la «guerra santa» que la Iglesia chilena se propuso liderar contra las repúblicas pecadoras de Bolivia y Perú. En esta interpretación de la guerra, basada en el Antiguo Testamento, Dios fue representado como una entidad que, en la más rancia tradición de los antiguos, tomaba partido en el drama cósmico. «Dios robusteció nuestro brazo —señaló Mariano Casanova en el sermón que pronunció con ocasión de la bienvenida a los expedicionarios en marzo de 1881—, armó a la patria con rayos de venganza y la envió a castigar al ofensor». El cura estaba absolutamente convencido de que la guerra había sido ganada porque el «Señor de los Ejércitos» le había dado valor a Chile y se lo había negado al Perú364, prosiguiendo con un argumento que se repitió de manera permanente en diversos medios de comunicación. En una clave similar Esteban Muñoz Donoso aseguró a los asistentes a la novena en la Catedral de Santiago que la «invisible mano de Dios» dirigía la contienda, inclinando la victoria a favor de la pequeña república sudamericana365. Desde el primer instante de la lucha —afirmó Francisco Bello algunos meses después—, «el Todopoderoso» coronó de «honor y gloria» a Chile y de «pura inmarcesible palma al militar cristiano» que la defendía contra el agresor. Sin embargo, para obtener el apoyo incondicional del comandante en jefe de la maquinaria bélica universal era necesario cumplir una serie de requisitos, el más importante de los cuales era exhibir una causa justa366. Muñoz Donoso entendió lo trascendental de este asunto y así se lo hizo saber a sus fieles al señalarles que su misión era «dejar bien establecida» la justicia de la causa nacional, porque en ella se fundaba «buena parte» de la esperanza de alcanzar la victoria. 165
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