Guerreros civilizadores

que la «divina bondad» favorecería a Chile. Luego de que las batallas de Chorrillos y Miraflores confirmaron su presagio, Otero sugirió a cada uno de sus párrocos que celebraran una misa cantada y un Te Deum en acción de gracias por la reciente victoria. El obispo recomendaba, además, que cada parroquia ancudina emulara a Santiago, donde se había dispuesto celebrar una misa de honras fúnebres por el descanso eterno de todos los chilenos fallecidos en el transcurso de la guerra354. El ceremonial litúrgico con el que el clero chileno agradeció los favores recibidos del cielo y honró a sus muertos fue replicado en la Catedral de Lima. En la misa oficiada ahí por el capellán mayor del ejército, Florencio Fontecilla, en honor a los cientos de soldados chilenos que murieron peleando, el orador Salvador Donoso señaló que la sangre de los expedicionarios «vertida a torrentes en Chorrillos y Miraflores» era «un holocausto digno de las espléndidas victorias» que la Providencia decretó para Chile. El triunfo nacional celebrado el 3 de febrero de 1881 en la hermosa basílica peruana era una muestra —opinaba Donoso— de que a Chile lo asistía la justicia, ya que Dios coronaba con la victoria a quienes luchaban por una causa legítima. En esa línea argumentativa, el triunfo le pertenecía a Chile porque al igual que los macabeos ese país tuvo el privilegio de recibir el don de la fuerza de manos del mismo Dios. El premio que la Divina Providencia otorgó a una república en cuyo corazón ardía el fuego del amor patrio inflamado por el amor de la religión fue ver su pabellón nacional flameando en Lima355. Sin amenguar en un ápice la pericia de los jefes militares y el valor de los soldados que obtuvieron el triunfo final en la capital peruana, el vicario capitular de Santiago en sede vacante, Joaquín Larraín Gandarillas, creyó descubrir «la mano amiga del Señor en las gloriosas proezas» del ejército de Chile. Así lo creían, sostuvo el sacerdote, quienes desde el 14 de febrero en adelante tuvieron una fe inconmovible en el poder de la «fervorosa y perseverante» oración del clero y del pueblo bajo su guía356. En el marco de esta interpretación providencialista de la guerra, uno de los voceros más importantes de la Iglesia, El Mensajero del Pueblo —un periódico pensado ex profeso para los sectores populares— bendijo «una y mil veces» a esa «mano invencible» que «desde lo alto» velaba por «los destinos de Chile»357. La victoria final respondía a una lógica inmutable, cuya explicación —sostuvo Donoso en su sermón en la basílica limeña— se encontraba más allá de la comprensión humana. Todas las naciones tenían una cita inexorable con el destino, la cual era una resultante del 162

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