Recepción de las tropas chilenas en Valparaíso, 1881 Si la participación en el frente externo ennoblecía al pueblo, su intervención en las celebraciones patrióticas lo convertía en parte constitutiva de la nación en armas. La pompa y la gestión gubernativa de las conmemoraciones no eran elementos suficientes para transformar a los rituales en eventos populares y grandiosos. Así lo entendió el burócrata encargado de cursar las invitaciones al funeral de los oficiales muertos en Tacna cuando señaló que la «población entera de Santiago y de toda la república» tenía la obligación de acudir a brindar su homenaje a «las reliquias ya frías de aquellos corazones» que ayer latían entusiasmados por defender a Chile. Ninguna clase social debía faltar a «la cita de gratitud y todas confundidas en un solo sentimiento» debían escoltar en procesión a los caídos en combate. Lo anterior era visto por el vocero de Pinto como «el cumplimiento de un deber de la gran masa social, cuya dignidad y derechos colectivos» eran defendidos día a día por el ejército nacional353. Un funeral era —como bien lo señaló José Antonio Soffia— «la manifestación del pueblo a sus valientes» (Fernández Larraín y otros, 1979, pp. 708-709), y por esa razón todos los chilenos debían involucrarse en aquella liturgia cívica, ya fuera tejiendo coronas de flores, confeccionando banderolas, portando antorchas, empujando las góndolas, pronunciando discursos o participando en las diversas comisiones encargadas de organizar la ceremonia del adiós. A medida que los expedicionarios fueron avanzando victoriosamente sobre territorio enemigo, la oratoria, reproducida en la prensa, empezó a describir la guerra como una epopeya gloriosa en la cual un grupo de titanes chilenos vencía a las fuerzas de la naturaleza y a sus cobardes enemigos. La idea del surgimiento de una «nueva Esparta» sudamericana se repitió en los discursos y también en los artículos periodísticos dedicados al tema bélico. La imitación de la Antigüedad clásica nacida al pie de la Cordillera de los Andes había igualado —si no superado— a los hechos mitológicos que le sirvieron de modelo. Los actos de heroísmo exhibidos por los expedicionarios fueron descritos como únicos en la historia mundial. Las practicas asociativas, los rituales, la prensa de guerra y la retórica que emerge entre 1879 y 1884 fueron parte de la tradicion civico-republicana a la cual como veremos en el capítulo siguiente se adscribió tambien la Iglesia chilena. 152
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