El valor no reconocía imposibles y, por ello, el político y periodista recomendó a los soldados que consignaran sus nombres en los boletines militares. Al leer los partes de combate, tanto sus padres como sus esposas y sus hijos se enorgullecerían de sus reiteradas pruebas de coraje351. La participación en la guerra brindaba beneficios tangibles como los ascensos militares, pero también podía dotar al pobre de un estatus muy especial. En la ceremonia en la que Valparaíso celebró la llegada de los ex prisioneros de la Esmeralda, el intendente Altamirano se dirigió a los humildes «hombres del pueblo» para señalarles que en sus virtudes patrióticas y en sus brazos robustos radicaba el secreto de la grandeza de Chile. Las medallas que Santiago mandó acuñar para premiarlos debían ser usadas en todo momento, ya que ellas eran el recordatorio del heroísmo y también del compromiso del hombre del pueblo con la patria. «Al ir a visitar a vuestras madres y a vuestras esposas llevad esta medalla en el pecho y las veréis orgullosas y felices». «Cuando conduzcáis a vuestras hijas al pie del altar —recomendó el hombre que cumplió un papel clave durante los primeros meses de la ocupación de Lima— prended esta medalla en vuestro traje; vuestras hijas levantarán entonces con altivez la frente, mirando de igual a igual a las más encumbradas posiciones, porque podrán decir que no son las hijas de la fortuna, son las hijas del heroísmo y el honor». Las poderosas palabras de Altamirano sirvieron para publicitar la idea de que la heroicidad era un bien simbólico que permitía al hombre del común conquistar posiciones de honor y de privilegio antes negadas a él y a su familia352. 151
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