corazones de las masas. Este objetivo fue logrado mediante el uso de una serie de carteles didácticos que fueron paseados a lo largo de la ciudad junto con los ataúdes de los caídos en combate. «Tarapacá. ¿Qué corazón chileno podría olvidar el significado gigante de esta palabra?», fue la leyenda que apareció junto con el carro que paseó los restos de Garretón, Cuevas y Goicolea por las calles de Santiago. Las casas, los edificios públicos, el cementerio y los carros portando los restos de los otros militares exhibieron banderolas con leyendas alusivas al magno evento. A la entrada de la estación central, por ejemplo, se colocó una ancha banda con el siguiente rótulo: «La patria anegada en lágrimas, espera de rodillas los restos de sus hijos más queridos». A pocos metros de la entrada del centro de la ciudad apareció otra en la que se veía: «La ciudad de Santiago se prosterna delante del féretro de los grandes héroes y al pasar los saluda»; y en la puerta de la catedral podía leerse esta oración: «El pueblo de Santiago abre sus templos a las almas de los que murieron y en nombre de la religión al recibirlas las bendice». Las casas fueron decoradas con cortinajes, y numerosas coronas de flores, de arrayán y de ciprés adornaron infinidad de puertas y ventanas350. Uno de los temas reiterados tanto por la oratoria sagrada como por la cívica fue la noción de que las barreras sociales se disolvían en los actos tendientes a celebrar a los «manes» de la república. La «universalidad en el júbilo» —a la que se refirió Altamirano en el discurso de bienvenida a los ex prisioneros de la Esmeralda— refrendó la idea de que todas las clases sociales se agrupaban alrededor de los héroes con la finalidad de mostrarles su gratitud, que era finalmente «la gratitud del país». En ese escenario tan especial era posible que «el hombre de letras, el estadista, el banquero, el artesano, el mozo de cordel y el gañán» conformaran «un solo corazón» y «una sola alma». El discurso de la unión apelaba a un imaginario en el que, tal como lo sintetizó la banderola colgada en las puertas del cementerio de Santiago, Chile se convertía en «un solo pensamiento». Además de colaborar en el fortalecimiento del espíritu de unidad en un contexto caracterizado por la polarización entre las clases sociales, la guerra permitió establecer mecanismos, tanto reales como simbólicos, de movilidad social. Lo anterior se hace evidente en las palabras que Errázuriz pronunció el 24 de febrero de 1879 con ocasión de la despedida de los soldados que se embarcaban hacia el norte. El notable orador aseguró a la tropa que, junto con la gloria, ellos podían acceder a la fortuna. Así, el que partía como simple soldado podía volver como capitán. 150
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