Las dos ciudades que compitieron en la organización de celebraciones multitudinarias en honor a los que regresaron al seno de la patria y en la preparación de solemnes funerales para despedir a los que dejaron sus vidas en tierras extrañas fueron Valparaíso y Santiago. Más allá del despliegue de la ya conocida oratoria cívica y de la cultura de la movilización, lo que debe resaltarse son los recursos materiales de los que se sirvieron los organizadores de los sofisticados rituales patrióticos en honor a los militares que pelearon en la Guerra del Pacífico. La «góndola de flores» que paseó a Condell y a sus hombres por la capital de la república, el inmenso cóndor de cristal con el nombre del comandante «formado con violetas y juncos» y que se coronaba con un escudo nacional en el que se leía la palabra «victoria», los asientos adornados con ramos de flores o los castillos de pastelería exhibiendo los apellidos de los caídos el 21 de mayo dan cuenta de una industria de la celebración patriótica que, junto con la de los espectáculos masivos, prosperaron durante la guerra. «Todo lo que la pluma llegue a decir de esta manifestación, será pálido al lado de la realidad», afirmó en su nota el periodista encargado de describir el fabuloso banquete ofrecido por el Club de la Unión de Santiago a Condell y sus hombres. Trofeos, banderas, flores, candelabros, jarrones, luces «a millares», porcelanas, espejos y una serie de exquisitas viandas transformaron el lugar del homenaje en «una sala de hadas» donde la república festejó «regiamente» a sus héroes (Fernández Larraín, Izquierdo Araya & Fuenzalida Bade, 1979, pp. 219-226). En el ritual en el que millares de santiaguinos dieron el último adiós a Eleuterio Ramírez, Manuel Thomson, Eulogio Goicolea, José Antonio Garretón y Jorge Cuevas la capital de la república se convirtió en un libro abierto donde la multitud pudo aprehender visualmente el libreto de un momento especial en la historia de la nación. Vicuña Mackenna, uno de los encargados de organizar las pompas fúnebres en honor a los caídos en Tarapacá y la rada de Arica, fue consciente de que era necesario el uso de un lenguaje visual para establecer comunicación con una ciudad transformada en un «mar humano». El desafío de los organizadores del evento multitudinario fue reinventar los códigos de comunicación social para, de esa manera, expandir el discurso nacionalista a esos miles de chilenos, quienes debían sentir que eran espectadores pero también agentes de la historia patria. En la ceremonia santiaguina, la oratoria sagrada y cívica fue reforzada por una retórica visual que alude a la existencia de una suerte de industria cultural cuya meta fue conquistar las mentes y los 149
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