Guerreros civilizadores

Las ceremonias organizadas para celebrar la llegada de Condell y de los sobrevivientes de la Covadonga a Valparaíso y Santiago, así como esas otras que conmemoraron el arribo a ese mismo puerto del Huáscar, de los ex prisioneros de la Esmeralda y de los restos de los caídos en Tarapacá y Tacna, son parte de un proyecto cultural cuyo propósito fundamental fue satisfacer las necesidades de grandes multitudes. Acercar una conflagración lejana y distante a los miles de chilenos y chilenas que esperaban ansiosos por las noticias del frente de batalla fue el principal logro de todos los que colaboraron, tanto con su oratoria como con su aparato logístico y su sofisticada parafernalia, en los innumerables rituales patrióticos ocurridos entre 1879 y 1884. Los veintiún cañonazos disparados desde el fuerte San Antonio el 23 de junio de 1879 alertaron a una ciudad totalmente embanderada de la llegada a Valparaíso de la Covadonga. En un instante, contaba un periodista enviado a reportar el evento, su cubierta quedó llena de visitantes y, por ello, para no desatender la maniobra naval, se prohibió la subida de más gente. Una serie de corporaciones —entre ellas comisiones de la cámara de diputados, de la municipalidad porteña y de los tipógrafos— esperó en tierra el desembarque de los participantes de la jornada del 21 de mayo. A la una y diez minutos, todas las bandas de música tocaron la canción nacional y Condell apareció en el arco triunfal del muelle entre dos banderas coronadas. «La multitud —señalaba un testigo del evento— parecía agitada, como el mar en la tempestad». Al llegar a la plaza de la Intendencia, aquel lugar donde Errázuriz había pronunciado unos meses antes su paradigmático discurso en defensa de la guerra, un grupo de oradores, entre los que destacaba Eulogio Altamirano, dio la bienvenida al insigne marino y a sus subalternos. «Valparaíso entero —afirmó un emocionado Altamirano— se había puesto de pie para aplaudir, bendecir y ensalzar la hazaña de Punta Gruesa». Luego del sentido discurso del importante representante del liberalismo chileno, la comitiva pasó a la iglesia, donde se abrió una granada dejando caer sobre las sienes de Condell flores y coronas. También volaron varios pajaritos adornados con cintas tricolores. Condell, quien a partir de su arribo a Valparaíso se convirtió en un ícono cultural itinerante, tuvo que salir varias veces al balcón de su casa «ante las exigencias del pueblo». Fotografías de la celebración, tomadas por el señor Spencer, junto con centenares de astillas de la Covadonga, fueron algunos de los recuerdos que la población se 147

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