1881, el encargado de redactar la nota recordaba a sus lectores que, desde los días de la emancipación, el Perú no había hecho más que «agotar su savia en desórdenes», un hecho que le había valido «el renombre» de «la Sodoma americana». El ex virreinato era ni más ni menos que «un escándalo viviente, un contagio siempre activo, una vergüenza constante» y lo que era peor «un peligro para sus vecinos»324. En un contexto en el que la guerra fue presentada como una saga de reparación y de castigo, la victoria chilena fue percibida no solo como un merecido triunfo nacional sino como un acto de regeneración para los peruanos. Regenerado por el duro escarmiento ocasionado por la derrota frente a Chile, el Perú se vería forzado a trabajar, sacando provecho de «su riqueza natural, del ingenio de sus hijos y de las mil condiciones de fortuna con que lo había agraciado la naturaleza». La idea de que la guerra encerraba elementos regeneradores para la nación chilena estuvo presente desde muy temprano en el discurso de sus vanguardias intelectuales, sin embargo lo que empieza a ser revelado, luego de la ocupación (1881-1884) fue el papel que Chile creía estar cumpliendo en la reparación de la enfermiza y dispendiosa nación peruana. «¿Qué ha sido de tu proverbial opulencia, nación peruana?» se preguntaba el editorialista de un diario santiaguino a escasas semanas de la ocupación de Lima. Sin sus joyas y envuelta en «los harapos de la indigencia, la república castigada por «la diestra del Eterno», deambulaba con «ojos lacrimosos y el dolor pintado en su rostro lívido» en busca de un paliativo para su miseria y para su vergüenza. Fue la Providencia, señalaba el escrito, quien escogió a Chile como instrumento para castigar los crímenes de una «nación nefanda» cuyos vicios excedían ampliamente los de la «Pentápolis de la Biblia»325. La inigualable riqueza del Perú tantas veces publicitada por la prensa chilena no era producto del trabajo arduo sino más bien de una herencia que junto a la corrupción de su cuerpo social eran las mayores desgracias no solo del ex virreinato sino también de Bolivia, un «pueblo servil» que luego de la derrota se alimentaba de los «despojos de su harapiento» aliado326. La acusación contra un gobierno corrupto y despilfarrador, como se describió al peruano, sirvió para justificar la conducta seguida por el Estado chileno en las salitreras de Tarapacá. En el editorial del periódico La Situación titulado «Ligeras apreciaciones de las causas de la decadencia del Perú», el periodista señalaba que en un país tan rico como lo era el antiguo virreinato no eran muchos los que necesitaban ganarse el pan con el sudor de su frente. 141
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