Guerreros civilizadores

divergentes. Uno era aceptar el ultraje y la ignominia y el otro defender «su soberanía, su honra y su dignidad». En la explicación que hizo El Chilote del conflicto internacional, expresiones como ‘perfidia’, ‘orgullo’, ‘traición’, ‘hipocresía’ y ‘deslealtad de gobiernos degradados’ sirvieron de preámbulo para establecer una verdad que se consideraba como absoluta e irrebatible: la justicia estaba de parte de Chile y ello era reconocido por todas las naciones del mundo. Chile no era culpable de nada, lo que esa república hacía era defenderse y sostener su derecho frente a la «perversidad de sus enemigos». Era obvio que estaba en su «honor y dignidad» proceder de esa manera. La victoria chilena estaba desde ya asegurada porque lo que Chile defendía era una causa correcta321. La intensa discusión que tuvo por propósito justificar la guerra a nivel valórico no dejó de lado la defensa de los intereses económicos que Chile creía poseer en la zona «reivindicada». El pueblo chileno, señalaba una nota de El Taller, no debía alimentar ninguna esperanza de «acomodo honroso» con sus enemigos. Dentro de esa línea argumentativa, cualquier gestión de paz sería opuesta a «los intereses materiales del Litoral», que no podían estar sometidos a «los intereses materiales del Perú» y menos a cuestiones meramente simbólicas como la tantas veces defendida honra nacional322. En un fascinante trastocamiento de roles, el centro civilizador de ayer fue descrito por la prensa chilena como la no nación y la barbarie de hoy. En un artículo publicado tempranamente como balance de las primeras operaciones bélicas, le correspondió a Vicuña Mackenna ofrecer a sus lectores varios «antecedentes» que dejaban al descubierto la naturaleza «bárbara» de los peruanos. En dicho texto, concebido como reacción a un conjunto de escritos publicados en la prensa limeña que criticaban el proceder del ejército chileno, Vicuña rememoró con espanto el asesinato del presidente José Balta y el ajusticiamiento popular de los hermanos Tomás, Silvestre y Marceliano Gutiérrez. Refiriendo así lo que consideraba «el borrón más indeleble de la historia de América», el senador de Coquimbo rememoró las «repugnantes escenas» que tuvieron lugar en Lima en julio de 1872. Resultaba irónico, opinaba el colaborador permanente de El Nuevo Ferrocarril, que el país que hoy desconocía la civilización y cultura de Chile fuera el mismo que ayer había revuelto en «sus groseras libaciones» el licor y las «cenizas de los cadáveres» para luego embriagarse «con esa mezcla infame»323. En la misma línea de pensamiento, en el editorial de El Mercurio publicado el 22 de enero de 140

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