de Dios, y «sobre un pavimento de ladrillos defectuosos» Korner y otros estudiantes de medicina se reunieron regularmente con la finalidad de estudiar en un cadáver los posibles escenarios médicos que les aguardaban en el norte. Korner y sus colegas ensayaron en medio de una gran precariedad: ligaduras, amputaciones de piernas y de brazos y la aplicación de vendajes para facturas (Korner, 1929, pp. 15-16). Sin embargo, y tal como lo señaló Araya en su estudio sobre las ambulancias, nadie podía siquiera prever la magnitud del desafío que la guerra supuso para la profesión médica. Los verdaderos retos con los que se enfrentó el personal sanitario aparecen en detalle en la carta abierta enviada por el doctor Martínez a Edwards, dos años después de la partida de la ambulancia Valparaíso con rumbo al norte. Martínez incluyó en su misiva a su patrocinador un cuadro estadístico en el que anotó los nombres de los pacientes tratados en el Hospital de la Caridad y la naturaleza de las lesiones y enfermedades que obtuvieron en las acciones de guerra. Entre los casos que el galeno le describió a Edwards destacan, por ejemplo, el de Francisco Cabrera, cuya herida en la región radio-carpiana determinó la amputación de su brazo en el tercio inferior. A Enrique Gaitán, el proyectil que penetró dentro de su músculo externo cleido-mastoideo se deslizó luego por su arteria carótida, destruyendo uno de los nervios del plexo bronquial. La herida de Juan Guillermo Astorga le comprometió la articulación del hombro derecho, lo que culminó en una gangrena que al no lograr ser controlada le provocó la muerte299. El papel desempeñado por las ambulancias durante la guerra y los problemas que los civiles, encargados de administrarlas, debieron enfrentar pueden ser analizados a la luz de un conjunto de documentos reproducidos en la prensa santiaguina. El artículo «Las ambulancias», publicado en El Nuevo Ferrocarril, la carta escrita por el médico Rodolfo Serrano a Benjamín Vicuña Mackenna y la «Nota pasada por la comisión sanitaria al Intendente General del Ejército» revelan las tensiones que ocurrieron al interior de una institución subsidiada en gran parte por la sociedad civil300. El escrito sobre las ambulancias firmado por «un herido de Dolores» señalaba cómo a pesar de los esfuerzos de la comisión médica las ambulancias no cumplieron con los objetivos que se propuso llevar a cabo el frente interno. Recordaba que en el ataque a Pisagua no hubo ambulancias chilenas, ya que cuatro de ellas perfectamente equipadas quedaron, por una orden del comando militar, estacionadas en Antofagasta. Fue paradójicamente una ambulancia peruana, a cargo del 132
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx