propia interpretación de la guerra. No está de más recordar que tanto la versión del ciudadano armado como la del general entrenado en la guerra de Arauco exhibieron notables diferencias3. Sin olvidar los intereses en pugna, que eran múltiples, lo que estuvo definitivamente en juego en este momento fundacional de la historiografía guerrera fue la legitimidad de la causa de Chile y la proyección de su imagen civilizada en el mundo. Es obvio que por no existir una voz autorizada de la guerra, sus múltiples lecturas e interpretaciones compitieron, se superpusieron o simplemente se entrecruzaron en una esfera pública muy concurrida. Así, el desafío para los productores, digamos oficiales, de esta primera configuración fue conciliar las necesidades de un público nativo que demandó sentido de pertenencia y explicaciones claras con la labor propagandística de cara a una opinión pública internacional. Para ganar a los países «civilizados» a la causa nacional fue necesario probar una y otra vez que Chile era no solo militar y jurídicamente superior, sino que también lo era a nivel moral e incluso racial. El período que inicia la discusión sobre la Guerra del Pacífico es muy rico en fuentes de todo tipo: desde los manuales y cartillas de los soldados enviados con sus rifles y cantimploras al campo de batalla, hasta los informes elaborados por la Oficina Hidrográfica de Chile con la finalidad de que la vanguardia del Estado guerrero pudiese transitar sin apremios por un territorio medianamente roturado4. Más allá de la diversidad y abundancia de las fuentes, lo que queda claro es que es durante esta etapa, eminentemente fundacional, cuando se esboza la cartografía mental e incluso metodológica, que será retomada, con ciertas variables, en los años y décadas por venir. Un esfuerzo consciente en esa dirección fue la monumental obra de Pascual Ahumada, cuya labor recopilatoria permite entender los diferentes planos y niveles de la contienda trinacional. A diferencia de otros autores que, como hemos observado anteriormente, exhiben una inocultable agenda ideológica, Ahumada se inhibe de opinar abiertamente sobre la guerra y simplemente se limita a señalar un derrotero historiográfico y documental para las generaciones venideras. En esencia su trabajo está dirigido al «historiador imparcial» cuya tarea será colocar a los acontecimientos y a las personas «en su puesto propio haciendo de ellos un examen y análisis sinceros para explicar su resultado al presente, al pasado y al porvenir» (Ahumada, 1982). 13
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx