Guerreros civilizadores

antiguo», ese «lobo hambriento e insaciable que había devorado» su vida desde la cuna, «dejándole apenas existencia raquítica y miserable a través de las edades y de las pruebas más crueles» (p. 721). En síntesis, de acuerdo al juicio del historiador Bolivia y Perú eran dos «desventurados países de la América española, condenados al eterno vaivén de sus propias desasosegadas olas no podían competir, de ninguna manera, con una república proba, decente y civilizada, como se aseguraba, en todos los tonos, era la chilena» (Vicuña Mackenna, 1880, p. 220). Las plumas de Vicuña Mackenna y de otros liberales, como es el caso de Barros Arana, crearon el templete cultural de la Guerra del Pacífico, en su dimensión épica, moral y justiciera. Configuración a la que se sumarían la narrativa de políticos y militares que justificaron ante la opinión pública su participación en el conflicto armado, la de los soldados que enviaban regularmente sus cartas e informes a las redacciones de los periódicos, la de los curas que predicaron la «guerra santa» desde los púlpitos de sus iglesias, la de los periodistas que apoyaron o atacaron a los gobiernos de turno y la de los dramaturgos y poetas populares que ironizaban sobre las debilidades propias y ajenas. Todos ellos modelaron una matriz discursiva que interpretaba el conflicto trinacional como la culminación de un gran arco histórico. Así, la guerra que Chile enfrentó a partir del 14 de febrero de 1879 fue definida como el momento culminante de una trilogía patriótica que comenzó con las guerras de la Independencia y tuvo un segundo impulso en la Guerra de la Confederación, para finalizar gloriosamente en el enfrentamiento en el Pacífico Sur. Todas las voces que confluyeron en este gran coro polifónico —que celebraba la «epopeya» de una república que encontró su «destino manifiesto» derrotando a quienes se propusieron destruirla— encontraron su cauce natural en el discurso de «la nación en armas» que entraba al combate para defender su honra mancillada. Si bien la lectura teleológica de la guerra es sumamente poderosa, la primera configuración historiográfica inaugurada en 1879 dio cabida a la defensa de intereses muy particulares. Y es que la narrativa de la primera hora incorporó en esa suerte de torrente de palabras, gestos y rituales una serie de relatos cuyo objetivo fue defender o desacreditar a personajes que, como en el caso de Manuel Baquedano o José Francisco Vergara, compitieron por el poder en el teatro de operaciones. Así, ambos jerarcas, uno militar y el otro civil, se sirvieron de la pluma de intelectuales renombrados para defender, ante el tribunal de la opinión pública, su 12

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