Uno de los objetivos del servicio sanitario fue preservar en medio de la guerra «los valores de la civilización» occidental. La afiliación de Chile a la Convención de Ginebra, en beneficio de sus ciudadanos, y la implementación de su sistema sanitario en esa misma dirección, evidenciaba, de acuerdo al ministro Santa María, que esa república cumplía con el «ineludible deber» en el que se encontraban todas las «naciones civilizadas», que era «disminuir» en lo posible «los males de la guerra»287. Dentro de un contexto en el que disponer de ambulancias creaba una asociación al menos simbólica con «las naciones más cultas del globo»288, es que cobra sentido la intencionalidad del «suelto de gacetilla» titulado «Daza y las ambulancias», publicado en Santiago un mes antes de la firma del convenio internacional. Con inocultable ironía, el suelto comentaba sobre los intentos de Bolivia por organizar su servicio sanitario nada menos que con veinticinco sables y varios revólveres que el mismísimo general Daza ordenó comprar para tal efecto289. En términos generales la ambulancia fue descrita como el lugar en el cual todos los principios de la cirugía eran dramáticamente cuestionados. Ramón Araya, un estudiante de medicina que a pocos meses de la declaratoria escribió un sesudo estudio sobre la historia y el propósito de las ambulancias, señaló la complejidad de la experiencia médica en la guerra utilizando el caso de un soldado chileno supuestamente herido de un balazo en la porción inferior de la médula espinal. El análisis del accionar de una ambulancia chilena frente a una herida que llevaba al síncope, a la parálisis de los intestinos y de la vejiga y la paraplejía de los miembros inferiores del combatiente, permitió que un lector promedio entendiera las dificultades que enfrentaba un médico en el campo de batalla. Partiendo de la premisa de que la guerra era «el azote de la humanidad», Araya vaticinó que cualquier preparativo sanitario seria un esfuerzo inútil para salvar la vida de muchos soldados chilenos.290 Ubicadas en el espacio limítrofe entre la civilización y la barbarie, la tarea de las ambulancias fue mediar entre sistemas de valores opuestos. Aparte de las limitaciones materiales descritas por Araya, el servicio sanitario chileno debió enfrentar una serie de problemas comunes a cualquier institución humanitaria cuyo discurso y práctica civilizadora ocurría en el contexto de una guerra a muerte. 129
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